La generosidad

Es mejor darse que dar
Vivimos en un mundo en el que el mercantilismo lo ha invadido todo. Compramos y vendemos; damos para que nos den; pagamos y cobramos; pedimos justicia poniendo precio a lo que nunca debería tenerlo. Vendemos nuestro trabajo, alquilamos nuestras aptitudes, permutamos nuestros esfuerzos, arrendamos nuestro tiempo. No damos nada gratis y, sobre todo, no nos damos a cambio de nada.
Ha llegado incluso el momento en el que los regalos se convierten en una obligación: debemos hacer un regalo, nos lo exigen.
¿Hemos perdido el sentido de lo gratuito? Sin él, no podemos ser generosos.

Ser generoso es dar el tiempo
El tiempo, como el agua, es un bien abundante y escaso a la vez. Es abundante porque tenemos millones y millones de años por detrás y millones y millones de años por delante nuestro; pero es escaso porque lo tenemos racionado y no podemos comprarlo ni pedirlo prestado. No es extraño que seamos avaros con el tiempo porque, cuando lo regalamos, nos estamos regalando a nosotros mismos, ya que es un bien imposible de recuperar.
Regalar tiempo a los demás es una expresión plenísima de generosidad.

Los padres enseñamos a ser generosos con nuestro tiempo cuando…
• Atendemos a un amigo pesado que nos cuenta sus preocupaciones.
• Visitamos a unos parientes que nadie va a ver.
• Hacemos compañía a un viejecito que vive solo.
• Pasamos un rato con unos asilados que no tienen familia (o que ésta se comporta como si no la tuvieran, que es peor).
• Acompañamos a un grupo de discapacitados a dar una vuelta los domingos por la mañana.
• Charlamos con un enfermo que se siente muy solo.
• Colaboramos en una asociación cultural con pocos recursos.
• Atendemos a un matrimonio vecino que nos cuenta el viaje de novios de su hija.
• Participamos en la reunión del barrio, después de llegar cansados de trabajar.
• Vamos a comprar lo que necesita una vecina que se ha roto una pierna.
• Dedicamos unas cuantas horas a un voluntariado social.

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