La respiración

Respirar es un acto inconsciente e involuntario. Como los latidos del corazón o la transmisión de sensaciones a través de los nervios, la respiración se realiza sola, sin que tengamos que pensar en ella.
Pero el aire que ingresa al cuerpo por medio de la respiración es el que nutrirá nuestro organismo, y su ritmo es otro de los factores que, como la postura corporal y los gestos de las manos, puede trabajarse y perfeccionarse para que facilite la meditación y nuestra comunicación con el Universo.
La respiración es un proceso que se divide en cuatro partes:
1) Inspiración
2) Pausa post-inspiratoria
3) Exhalación
4) Pausa post-exhalatoria
Esto se llama “ciclo respiratorio”, y la velocidad con que sus etapas se suceden marca el ritmo respiratorio. La actividad física y la excitación emocional lo aceleran: cuando nos asustamos respiramos más rápido y más fuerte que cuando estamos calmados.
La meditación se favorece de un ritmo sereno, incluso más lento que el usual. De la misma manera que es importante suspender las idas y venidas del pensamiento y los movimientos físicos, la respiración debe volverse tan lenta como sea posible. De este modo, el aire que ingresa al organismo puede expandirse por todo el cuerpo; cuando la exhalación sucede demasiado rápido, no se le da el tiempo necesario para ir más allá de la parte baja de los pulmones.
Así es como el ritmo respiratorio normal ni siquiera llena completamente de aire los pulmones. Este tipo de respiración se llama torácica y es la que realizamos inconscientemente.
Volvernos conscientes de nuestra respiración, entonces, es lograr una respiración más profunda, que llene la totalidad de los pulmones. Sólo cuando el aire viaja hasta el último rincón de nuestro cuerpo podemos relajarnos y alcanzar un estado mental alfa, propio de la meditación.
Durante la respiración no sólo ingresa a nuestro cuerpo aire (y con él, energía positiva), sino que también nos deshacemos del dióxido de carbono (y con él, de las toxinas espirituales y emocionales que albergamos). Respirar es, básicamente, dejar que entre algo puro y sano y que salga todo lo sucio: las emociones negativas, el pesimismo, el dolor, la tristeza, la pena. Cuando la respiración se profundiza, el cuerpo se va relajando y deshaciéndose de todos los sentimientos nocivos.
De la misma manera que es necesario practicar la postura corporal o los mudras, la respiración profunda debe ensayarse y perfeccionarse antes de empezar a meditar. Para lograr esto, es útil realizar por una semana un ejercicio de respiración abdominal, y la semana siguiente realizar un ejercicio de respiración y visualización. Ambos son muy sencillos; el primero nos enseña a respirar profundamente y el segundo, a trabajar el aspecto espiritual de la respiración.
Además, ambos ejercicios son una excelente forma de prepararse para la práctica de la meditación: requieren de silencio y quietud, pero no nos piden que nos adentremos en nuestro interior (aún).

Ejercicio de respiración abdominal

Elegimos para realizar este ejercicio un momento del día durante el cual no seremos interrumpidos y en un lugar sin distracciones. Es importante desconectar el teléfono, estar lejos del ruido de la calle y tener cerca un reloj (preferentemente digital, los de aguja producen un suave tic-tac que puede distraernos mucho durante el ejercicio).
1) Nos recostamos en el suelo, sobre una manta extendida, sin zapatos y usando ropa holgada. Dejamos los brazos extendidos y a los costados del cuerpo.
2) Cerramos los ojos y nos fijamos en nuestra respiración normal: seguimos su ritmo, nos volvemos conscientes de sus pausas. No la aceleramos ni la hacemos más lenta: simplemente la observamos, por unos 5 minutos (podemos abrir los ojos, lentamente, para chequear el tiempo que ha pasado en el reloj).
3) Procuramos inhalar por la nariz y exhalar por la boca, cada vez más lentamente.
4) Manteniendo el ritmo reducido de la respiración, trasladamos nuestra atención hacia el abdomen: tratamos de expandirlo, como si estuviéramos tratando de levantar un objeto colocado sobre él.
5) Llevamos la mano izquierda al abdomen, apoyándola suavemente.
6) Llevamos la mano derecha al tórax, colocándola sobre la parte inferior del esternón.
7) Con cada inhalación, tratamos de sentir cómo el abdomen se expande al llenarse de aire. Y lo retraemos ligeramente al exhalar.
8) Realizamos 10 ciclos respiratorios completos.
9) Prestamos atención a nuestras manos: como efecto de la respiración, ¿se mueven las dos manos? ¿O sólo la mano izquierda?
10) Si ambas manos están en movimiento, realizamos nuevamente los puntos 5 a 9.
11) Si sólo se mueve la mano izquierda y estamos cómodos con este tipo de respiración, podemos realizar otros 10 ciclos respiratorios más.
12) Volvemos a colocar nuestras manos a los costados del cuerpo. Regresamos lentamente al ritmo respiratorio normal.
13) Abrimos los ojos poco a poco, y llevamos nuestra atención de la respiración al ambiente que nos rodea.

Ejercicio de respiración y visualización

1) Asumimos cualquiera de las posturas corporales recomendadas. Y colocamos las manos con el mudra de la compasión.
2) Cerramos los ojos y nos fijamos en nuestra respiración normal: seguimos su ritmo, nos volvemos conscientes de sus pausas. No la aceleramos ni la hacemos más lenta: simplemente la observamos.
3) Vamos prolongando las pausas entre cada inhalación y exhalación, hasta que logramos un ritmo de respiración muy relajado.
4) Con los ojos cerrados, imaginamos nuestro cuerpo recostado en el suelo.
5) Inhalamos, y el aire que ingresa por la nariz lo visualizamos como luz. Vemos cómo viaja por la nariz, luego por la laringe y cómo ingresa a los pulmones y los va llenando de luz. Exhalamos.
6) Inhalamos, y ahora vemos cómo la luz llega a los pulmones y desde allí se expande hasta cubrir todo nuestro pecho. Exhalamos.
7) Inhalamos, y vemos cómo la luz viaja hasta la zona de la pelvis, y la cubre totalmente. Exhalamos.
8) Inhalamos, y vemos cómo la luz viaja por nuestra pierna derecha, hasta las puntas de los dedos. Exhalamos.
9) Inhalamos, y vemos cómo la luz viaja ahora por nuestra pierna izquierda. Exhalamos.
10) Inhalamos, y vemos cómo la luz viaja por nuestro brazo derecho, hasta las puntas de los dedos. Exhalamos.
11)lnhalamos, y vemos cómo la luz viaja ahora por nuestro brazo izquierdo. Exhalamos.
12) Inhalamos, y vemos cómo la luz viaja por el cuello y hasta la cabeza. Cuando la cubre totalmente de luz, sale al exterior por la parte superior. Exhalamos.
13) Realizamos 10 ciclos respiratorios, sintiendo cómo la luz, cómo la energía que ingresa, recorre nuestro cuerpo entero y sale hacia el exterior.
14) Dejamos de visualizar y volvemos a concentrarnos en nuestra respiración, lentamente regresándola a su ritmo normal.
15) Abrimos los ojos poco a poco, y llevamos nuestra atención de la respiración al ambiente que nos rodea.

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