Hinduísmo: Siva

Siva es un dios de turbación, de oscura profundidad y de iluminación fulgurante, de inquietud y de sabiduría, de muerte y de liberación.

En los textos védicos es Rudra, divinidad salvaje, peligrosa e incontrolable como las fuerzas desencadenadas de la naturaleza. «Señor de los animales» o mejor «Señor de las víctimas sacrificiales»: personificación del elemento más impuro en el sacrificio, de la sangre y de la muerte, pero que más tarde se convierte en el factor de recreación de la pureza y de regeneración de la santidad. Rudra-Siva es la ambigua unidad de la vida y de la muerte, del bien y del mal. Tal vez por esto en el mito es el «Señor del alma», arquetipo del conocimiento más profundo y más libre.

El Svetásvatara-upanisad lo sitúa ya en la cúspide del universo. En el Mahabhárata es venerado como dios de los dioses. Inmanente y trascendente, tiene un cuerpo, un rostro, pero nadie puede verlo, a no ser la mente del asceta en meditación. Es el dulcísimo protector de quienes le son devotos y por ellos infringe incluso la ley del karman, y es el antropófago que vaga entre las piras de cremación, adornado de cráneos y de serpientes, rodeado de íncubos y demonios. Es el terrible y fascinante «Señor de los danzantes», que hace que en la danza afloren en el ser las formas del mundo, del mismo modo que, también en un juego, las hace regresar a la nada. Crea los seres y los destruye al final de los tiempos, porque es la causa de la ilusión de las formas del universo y de la liberación de ellas.

El fuego y las cenizas pertenecen a Siva, al igual que las serpientes y la luna, porque es violento y generoso como el fuego, pero también tranquilo y frío como la luna. Es el esposo tímido, el amante fogoso y el rey de la renuncia ascética. Destruye a los demonios y, sin embargo, hace que sobre ellos descienda su gracia. Es la muerte, pero mata a la muerte, porque es el eterno más allá de toda dimensión del tiempo. Maestro del silencio, enseña al sabio la música, el yoga, la sabiduría secreta, las artes y la ciencia.

Su símbolo sagrado, que evoca cultos prearios muy antiguos, es el linga, representación estilizada del falo en erección. Es la representación más depurada y más austera de Siva, y, sin embargo, es la más intensa. Sus imágenes, tanto en el interior de los templos como al aire libre, se yerguen sobre un pedestal con forma de vulva (yoni), que evoca la presencia de la Diosa como sakti de Siva que actúa en la manifestación y en la destrucción del universo.

Alimentada por la devoción de grupos de ascetas (los saiva, los sivabhágavata y los máhesvara), la devoción a Siva dio origen a varios movimientos religiosos, que estaban agrupados en la extensa categoría de «sivaísmo» pero se diferenciaban por sus distintas perspectivas soteriológicas y por sus peculiares formas de culto. El movimiento más antiguo, de marcado carácter ascético, fue el de los Pásupata, que se constituyó en los primeros siglos después de Cristo basado en el magisterio de LakulTsa. A partir de los siglos VI-VIII d.C. se elaboró un corpus de textos sánscritos, los Agama, que desarrollaron una metafísica de orientación especulativa diferente a la védica y presentaban una teología y una mística centradas en la fe y en la gracia de Siva.

A la autoridad de los Ágama se remitieron dos grandes corrientes: el sivaísmo septentrional y el meridional. El primero se caracterizó por una visión monista, fruto de la reflexión de maestros kasmlri. En el siglo IX, Vasugupta, autor del Sivasütra, presentó por primera vez las enseñanzas ágámicas en forma filosófica. Sin embargo, su objetivo no era exponer un sistema que se dirigiera sólo a la razón, sino mostrar las vías que, a través del yoga, llevaban a la comprensión última. Somananda, contemporáneo suyo, intentó de forma claramente racionalista resolver el problema de la realidad última y refutó la postura de las otras escuelas. Utpaladeva (siglo X), su discípulo, dio carácter orgánico a la doctrina, fijando sus puntos fundamentales.

Los numerosos tratados de Abhinavagupta (siglos X-XI) —el más importante de los cuales es el Tantráloka— representarán su culminación. Este gran maestro desarrolló de forma totalmente original la idea de que los estados de goce estético, rasa, podían convertirse en modalidades de experiencia sagrada. En efecto, Siva, puro ser, adquiere conciencia de sí mismo en el acto de reflejarse en el universo, que él penetra como átman y en el que se manifiesta a través del poder de su sakti. Si el universo es Siva que se conoce a sí mismo y su felicidad al unirse a la sakti, entonces la vía de liberación consiste en intentar recrear en uno mismo la misma alegría, en los términos abstractos de la pura emoción estética.

A partir del saktismo de Assam y del culto a las diez formas de Kali introducido por Sivánanda se constituyó el movimiento del krama, basado en la doctrina de la «sucesión» de las fases de la manifestación y de la reabsorción del cosmos y de la divinidad. El pensador más original fue Bhütiraja (siglo X). Jayaratha, que en el siglo XI reelaboró su pensamiento, es una valiosa fuente para el conocimiento de las prácticas del krama. Con el tiempo, el movimiento desarrolló una tradición esotérica, en sintonía con el Vajrayána budista, y su último gran maestro fue Goraksa (1175-1225).

Derivada del sivaísmo ágámico meridional fue la tradición de los Liñgáyat, «portadores del linga», llamados así porque llevaban al cuello, en un pequeño estuche de metal precioso, el símbolo de Siva. El auténtico iniciador de la escuela fue Basava (siglo xn), un maestro de doctrina que también fundó una orden monástica dedicada a la renovación religiosa. La frescura y vigor de su pensamiento tuvieron mucha influencia en la espiritualidad de la época. Su obra Vacanasástra es un texto de indiscutible originalidad. Basava parte del concepto de sthala, la absoluta y eterna auto-conciencia, fuente y sustrato de toda la existencia fenoménica. Sthala tiene dos aspectos: uno es del ser -Siva- , principio del ego, mientras que el otro es el aspecto formal y actual del conocer –Sakti-, la conciencia del ego tiene de sí mismo.

Para Basava son dos momentos de la misma realidad que vive en el tiempo, y que, tras haberse escindido, siempre se reúne. El linga, unión íntima de Siva y Sakti, indica la realidad última en la que el universo se disuelve y, al disolverse, recupera la unidad para después volver a aparecer en los dos aspectos. Sthla es el discurso filosófico de verdad cuyo punto intermedio está donde la realidad se bifurca en Siva y Sakti (ser y autoconciencia) y que tiene su representación completa en el linga, el fin y el nuevo comienzo.

Historia de las religiones

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