Hinduísmo: El tantrismo

El tantrismo es una doctrina esotérica basada en una revelación en parte distinta a la de los Veda. Sus orígenes son oscuros: ascetas y renunciantes desempeñaron un papel fundamental en su desarrollo. Antiquísimas prácticas de cultos autóctonos, tal vez dravídicos, se fundieron, gracias al azar de las visiones místicas, con las tradiciones extáticas de los chamanes centroasiáticos y con las disciplinas del Yoga, en un crisol de analogías, sugestiones y «asonancias» religiosas.

La visión iniciática que se estaba forjando halló además correspondencia en algunos conceptos esotéricos de los Veda (como la doctrina de la palabra sagrada expresada en el Atharvaveda y en el Yajurveda). Y es interesante anotar que los centros donde se desarrolló el tantrismo eran áreas fronterizas, Cachemira, Bengala, Assam, zonas de intercambio cultural, donde además la penetración brahmánica había sido más débil. En los primeros siglos después de Cristo, el tantrismo había adquirido ya las características de una corriente religiosa autónoma. Entre los siglos VI y VIII aparece bien enraizado en la tradición india y se difunde también por los centros de cultura y saber tradicionales del hinduismo, como atestigua el florecimiento de la literatura tántrica culta.

Esta literatura es extraordinariamente extensa: se basa en los Sivágama de la tradición sivaíta y en las Vaisnava Samhitá de la tradición visnuista, que se consideran textos portadores de una revelación divina distinta y más profunda que la sruti védica. En esos textos se inspiran los Tantra, obras de carácter doctrinal y ritual, escritas a lo largo de un extenso período de tiempo. Muchas siguen siendo inéditas; de ahí la dificultad de hablar globalmente de tantrismo. Pero la dificultad también deriva del hecho de que los textos tántricos son oscuros, precisamente porque la doctrina esotérica sólo se imparte a los iniciados: las visiones y las enseñanzas tántricas necesitan una clave de interpretación, que se transmite secretamente de maestro a discípulo.

La razón por la que un movimiento mistérico como éste, arduo e inquietante, en cierto momento se expandió por toda la India e influyó en todas las tradiciones religiosas hay que buscarla en el problema que desgarraba la antigua soteriología: el problema de una salvación basada en la «renuncia», que para el hombre que vivía en el mundo era tan atractiva como imposible. La respuesta del tantrismo fue un cambio de perspectiva: el mundo era realidad, la existencia estaba vinculada al deseo y la finalidad última del deseo era un retorno al absoluto. La visión tántrica no oponía el deseo a la salvación; no negaba los sentidos ni los sentimientos, sino que se proponía controlarlos mediante una ascesis gradual y valorizarlos sometiéndolos a una perspectiva de conocimiento y de liberación que podía ser alcanzada ya en la tierra, en este cuerpo.

Desde un punto de vista estrictamente teórico, el tantrismo no era tan original: sus concepciones del lenguaje se remitían al pensamiento Mlmámsá\ su visión cosmológica adoptaba las categorías del Sámkhya y muchos elementos procedían del Yoga. El éxito del tantrismo en aquella época consistió en dar un nuevo sentido a la tradición, ilustrando sus conceptos básicos con un orden de valores diferente y reelaborándolos desde una perspectiva mistérica.

La divinidad tántrica tiene un aspecto femenino y uno masculino. Su unión, que el simbolismo iniciático representa como una unión sexual, es el primer y último momento de la evolución cósmica en el seno del dios. El principio masculino del absoluto (Visnú o Siva, según las sectas) permanece inmóvil y recogido. La sakti, principio femenino activo, es la energía del comienzo y del fin, que produce y extingue el universo. Hace que resplandezcan en la existencia todas las formas que se encuentran en estado virtual en dios y, al final de cada ciclo cósmico, hace que éstas sean reabsorbidas en él. Como energía de la vida es maya, ilusión, porque es la causa última de los efímeros vínculos de la existencia. Pero también es la gracia de dios, porque al mismo tiempo es el factor que conduce a la extinción y a la liberación de esos vínculos.

El cosmos y el cuerpo del hombre coinciden en un juego de complejas e infinitas remisiones. El adepto tántrico vive gradualmente en una realidad penetrada por la energía divina, cuyos elementos, incluso los más humildes, son todas formas del absoluto unidas por conexiones secretas. También Kundalinl, la diosa, en su juego cósmico está presente en el hombre como energía divina, prana, «aliento» del universo, y duerme enroscada como una serpiente a su delgado cuerpo.

Entonces todas las formas del mundo, que son manifestaciones de dios, todas sus relaciones, que son tensiones del absoluto, pueden ser utilizadas para alcanzar la liberación en esta vida. Una salvación, pues, que no consiste en el rechazo, sino en la plena realización de sí mismo a través del juego de fuerzas sagradas del cosmos, que el adepto comprende y actualiza en sí mediante el acto ritual.

Y las ceremonias tántricas, tan laberínticas como espectaculares, saben expresar la fuerza de su densidad semántica. Cada gesto sagrado se relaciona con un aspecto de la visión de dios, con una realidad del cosmos, con un estado de la conciencia, y remite a un sonido, a un color, a un perfume: facetas simbólicas que encierran el poder de una sacralidad misteriosa y también peligrosa, que solamente el iniciado puede comprender y dominar.

La iniciación abre ante el adepto un difícil recorrido espiritual, que se desarrollará en fases sucesivas de conocimiento cada vez más depurado. Su maestro estará junto a él: en secreto le irá revelando verdades cada vez más profundas, a menudo inquietantes, incitando a su mente a afrontar en meditación visiones de angustia, surgidas de la oscuridad de su propia psique, y a vencer el vértigo que le producen.

La disciplina física y mental hacia la liberación utiliza al comienzo las técnicas del Hathayoga, que combinan posturas corporales, control de la respiración y ejercicios de contemplación. Hay tres vías: la pronunciación de los manirás, palabras y sonidos sagrados que contienen en sí mismos el poder divino; la meditación sobre los mándala, diagramas del universo y de los recorridos de la mente en meditación; la concentración en las mudrá, gestos de las manos y posturas del cuerpo que simbolizan conceptos metafísicos.

Las prácticas del Kundaliníyoga están destinadas a despertar la sakti que duerme en el cakra más bajo y oscuro del cuerpo. Mediante la fuerza de su meditación el adepto saca de lo más profundo de sí mismo esta energía-serpiente, desencadena su fuerza, consigue desenroscarla y hacer que salga lentamente por todos los seis cakra de su mundo interior hasta el punto donde se une con Siva, el absoluto, en la intensa luminosidad del cakra «de los mil pétalos» en el cerebro. Bhávanáes el estado de conciencia más alto, cuando la mente y el cuerpo del adepto se identifican completamente con la conciencia pura de dios y con el cosmos.

Conocer las secretas correlaciones que constituyen la trama del universo y saberlas dominar implica adquirir poderes sobrenaturales, siddhi: mediante los manirás y otros ritos el adepto puede aplacar, seducir, controlar la mente, expulsar, crear enemistades, matar. No constituyen la finalidad del recorrido místico y, sin embargo, el maestro obliga al adepto a utilizar también estas prácticas perversas y transgresoras, para que comprenda bien toda su relatividad y para que alcance la dimensión de salvación que supera toda dicotomía. En las sectas tántricas «de la mano izquierda» se acentúa el rechazo de la pureza y el cambio voluntario de la práctica ritual brahmánica: se celebran ritos con carne, ritos con bebidas embriagadoras, ritos de unión sexual. Y si bien en el tantrismo «de la mano derecha» los actos de culto antinómicos son puramente metafóricos, en el tantrismo «de la mano izquierda» se llevan efectivamente a la práctica.

Actos repulsivos, perversos y espantosos (algunas sectas transmiten prácticas secretas rituales con cadáveres) son un paso obligado para que el adepto pueda comprender a fondo que el bien y el mal son relativos: el uno no puede existir sin el otro. No hay bien que exista por sí mismo, es decir, que no esté relacionado con el mal, como tampoco existe el mal absoluto, separado del bien. Tanto el bien como el mal no son más que ilusiones. La salvación pasa a través del bien, pero también a través del mal, porque la liberación del alma reside en una dimensión que está más allá de ambos.

El deseo erótico y la unión sexual del dios y de la sakti son el punto central de las visiones simbólicas y de los cultos tántricos. A partir de la dispersión de la variedad infinita de las formas, el adepto intenta reconstruir el orden y encontrar de nuevo al Uno mediante el gesto ritual y la meditación. Al final de su largo y penoso camino iniciático, revivir el momento primero de la unión con dios significa experimentar la unidad, antes de que existiera la oposición entre espíritu y materia, entre varón y mujer, entre puro e impuro, entre conocimiento y acción, y también, paradójicamente, entre existencia y liberación.

En algunas sectas la unión sexual se practica ritualmente con una mujer iniciada. En el rito maithuna, en el momento del orgasmo el varón debe retener el semen para simbolizar su distanciamiento del placer y el carácter no procreador de la unión entre divinidad y sakti en el momento de la reabsorción de todas las distinciones. De este modo, el cuerpo se convierte en el vehículo final de la liberación, porque la fusión de los contrarios no se produce al final de los tiempos, sino aquí, ahora y en mí.

Historia de las religiones

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