Hinduísmo: El culto a la Diosa

De los hallazgos arqueológicos de Harappa y de Mohenjo-Dáro se puede deducir que ya desde el n milenio a.C. los pueblos autóctonos agrícolas veneraban a la que tipológicamente puede considerarse una Diosa Madre tierra. En cambio, el panteón de las tribus arias generalmente estaba compuesto por divinidades masculinas de naturaleza celestial.

La lenta transformación de la civilización védica hizo resurgir, en formas intermedias, algunas creencias antiguas, como el culto a la Diosa Madre —permanentemente vivo entre las capas más bajas de la población—, que se consolidó y se extendió. En los pueblos la Diosa siguió siendo venerada como Gaurl, «la amarilla», Sakambharl, «la que proporciona vegetales», Vindhyavásinl «la que habita los montes», protectora de la comunidad, garante de la fertilidad de los campos y de la abundancia de las cosechas.

Una vez difundido por los centros urbanos, el culto se convirtió en prerrogativa de la familia real y se erigieron templos a la Diosa en el interior de los palacios de los monarcas. Solamente el rey podía presidir las celebraciones de ofrendas y sólo el jefe del pueblo podía actuar de «sacrificante» en las ceremonias dedicadas a la Diosa. Los aspectos cruentos e «impuros» del culto tribal fueron atenuados o reela-borados, y progresivamente admitidos por la ortodoxia. La Madre Tierra se había convertido en una divinidad garante del poder.

Las especulaciones del tantrismo y del movimiento de la bhakti hallaron una fuente de inspiración en la idea tradicional de la Diosa que otorga fecundidad, vida, y protege el dharma. La antigua «madre» divina asumió las connotaciones religiosas de «esposa» de dios, y el tema de la fecundidad se transformó en el simbolismo sagrado de la unión sexual, con formas de intenso erotismo. La especulación filosófica elevó a una dimensión metafísica el acto amoroso para expresar la unión de lo efímero con lo absoluto, del hombre en dios, de lo múltiple en lo uno.

Ya a comienzos del período Gupta el culto a la Diosa coexistía con el de Visnú y Siva. La esposa de Visnú es Laksmi, diosa de la prosperidad y de la belleza, o Srí. La esposa de Siva tiene, como su esposo, dos realidades diferentes: en su aspecto terrorífico es Durga, es Kali la de la guirnalda de cráneos, negra, desnuda, ebria de alcohol y de sangre. Pero en Siva también se expresa el ideal de la pureza y de la renuncia; de ahí que, para conquistarlo, la diosa se transforma en Yogesvarí, «Señora del yoga». Precisamente ella, la impura, osa rivalizar con Siva en las prácticas de la ascesis y de la pureza, y junto a él seguirá desempeñando su papel de salvación en el mundo.

El poder generador forma parte de la naturaleza dinámica y femenina de lo divino: sin la sakti, dios es como un cadáver inmóvil. Ella es quien lo despierta del éxtasis profundo para que, abandonando su estado de concentración, libere las formas a la existencia y dé vida al universo. Origen de todo lo fenoménico, la Diosa, Devi, es venerada como Mahálasá, «la Gran activa». Pero también es Mohinl, «la que enfervoriza» al espíritu en perfecta contemplación. Ecos de esta intuición aparecen en el Devímáhátmya (siglos V-VII d.C.), que atestigua la plenitud alcanzada por el culto de la Diosa. La esposa de dios es Adisakti, «Poder originario», y al mismo tiempo Mahámáyá, la «Gran ilusión» que encanta al hombre con las formas del cosmos, y también Mahávidyá, la «Sabiduría suprema», autora de su liberación.

El saktismo, forma esotérica y extrema del culto, ve en la diosa el momento eterno de autoconciencia y libertad del absoluto, el aspecto «dinámico» en oposición al impasible brillar de la conciencia no reflejada de Siva, cadáver blanco con el que la diosa, desnuda y negra, pretende acoplarse. Los Saktatantra exaltan a la sakti en su papel de Señora suprema a la cabeza del panteón indio, objeto de culto en sus distintas manifestaciones, entre las que destacan Káll y Tripurasundari.

Historia de las religiones

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