Los contravalores de la sinceridad

La sinceridad no debe confundirse con la ingenuidad o la candidez. El derecho a exigir la verdad tiene sus límites y debemos tenerlos en cuenta.

La verdad no es el valor supremo dentro de una escala de valores. El amor a los demás, el respeto a la vida y a la seguridad están por encima de la obligación a decir la verdad.
Por lo tanto, a nuestros hijos debemos concretarles las limitaciones del derecho a exigir la verdad y, por consiguiente, las limitaciones a la obligación de decirla.

• Cualquiera no tiene derecho a exigir la verdad.
Ello ocurre cuando alguien invade el derecho a la intimidad. Según quién formule una determinada pregunta, indiscreta o banal, se le puede responder como se quiera. Por ejemplo, puedo callarme o no decir la verdad, si un extraño me pregunta dónde vivo, quiénes son mis padres, o qué voy a hacer mañana por la tarde. Sin embargo, tenemos la obligación de ser veraces, si las preguntas nos las formulan familia o amigos, médico o psicólogo, profesores, etc.

• Se debe proteger siempre un bien superior.
Por ejemplo, tengo la obligación de no decir la verdad a quien me exige que le revele dónde guarda mi madre el dinero, la directora del colegio los exámenes finales; o al ladrón que me exige decirle dónde están las alarmas de mi casa. Estos ejemplos corresponden al “secreto natural” (obligación de no difundir aquellas verdades que conozco, pero cuya divulgación podría perjudicar a alguien), pero también existe el “secreto profesional” (aquel que se confía por razón de la profesión). Nuestros hijos conocen la existencia de este tipo de secreto, pues su divulgación en nuestra sociedad actual es común.

Los padres debemos tener las ideas claras a fin de transmitirlas correctamente y en el momento adecuado, con hechos y palabras. A veces, no es fácil, pero debemos hacerlo para darles una formación ética equilibrada y completa.

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