La justicia

Es justa la llave que encaja perfectamente en el cerrojo, el cajón que no queda ni ancho ni estrecho en el hueco del mueble, la medida de los pantalones que me corresponde sin que me sobre ni me falte, la pieza exacta del puzzle, las gafas que corrigen exactamente las dioptrías de mis ojos, la nota que me corresponde por el examen que he hecho.
Lo que falta o lo que sobra no responde a la idea de justicia, sino al fraude, por falta, o a la generosidad, por exceso. Podemos decir (y hay que entender bien la expresión) que la generosidad no es justa, la generosidad es… generosa. Si compramos un objeto cuyo precio es de 15 y damos por él 20, no somos justos, somos generosos. Lo justo son 15, y los otros 5 son de regalo.
De todas formas, en la mayoría de las ocasiones que una cosa sea justa o que no lo sea no depende de nosotros; la justicia tiene una medida exacta para ser cumplida.
Por otra parte, la justicia tiene el carácter de valor mínimo y necesario, ya que es una condición necesaria para que nuestras relaciones con los demás sean correctas. Si no somos justos, no podemos acceder a los demás valores; la justicia, como las ambulancias y los bomberos, tiene prioridad de paso.

La igualdad no es necesariamente justa
No es justo el que trata a todos por igual, sino aquel que considera las diferencias de cada uno y trata a cada cual según le corresponde. Decía Justiniano I (emperador bizantino) que “la justicia es la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que es suyo”. La igualdad sin justicia es injusta.
Somos justos los padres cuando tratamos a cada hijo según su talante, atendiendo a sus características particulares.
Supongamos un caso esperpéntico: ¿serían justos los padres que mandaran que todos sus hijos llevaran gafas para no hacer diferencias, porque uno de los niños es miope?, o ¿que todos llevaran plantillas ortopédicas porque uno tiene los pies planos? Ante estos ejemplos caricaturescos, huelga cualquier comentario.
¿Cómo solucionar la injusticia?
Cuando hemos sido injustos con alguien, tenemos que arreglar la injusticia. No basta con pedir disculpas a la persona con la que hemos sido injustos; hace falta reparar la injusticia, es decir, darle aquello que le corresponde justamente.
Conviene que nuestros hijos asimilen esta exigencia de la justicia y que sean capaces de ponerla en práctica. La obligación de la reparación afecta de forma especial a sus relaciones fuera de la familia (ámbito escolar, ciudadano y social). Los rígidos conceptos de la justicia conmutativa son difícilmente aplicables al ámbito doméstico; los bienes familiares pertenecen a la familia en común; pero esto no es aplicable a los bienes que son propiedad de otros dueños.

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