Libertad y responsabilidad

De hecho, sólo pueden premiarnos o sancionarnos por lo que hemos hecho libremente. Nadie premia a su hijo porque ha crecido mucho, ni le castiga porque necesita gafas; sólo se puede responder de aquello que se hace libremente.
Por ese motivo, debemos tener presente que educar a nuestros hijos en la responsabilidad es educarlos en la libertad… y viceversa. O, más sencillo todavía: educar su libertad es educar su responsabilidad, y educar su responsabilidad es educar su libertad.
Si pretendiéramos desarrollar en nuestros hijos el valor de la responsabilidad sin atender a su vez al crecimiento de su libertad, los pondríamos en una peligrosa pendiente que los conduciría a una angustia insufrible: deberían responder de lo que no pueden evitar. Si los educáramos cargando excesivamente las tintas en la libertad, soslayando el aprendizaje de la responsabilidad, crearíamos personas sometidas a sus antojos y caprichos sin atenerse a las consecuencias que sus actos acarrearían hacia sí mismos y hacia los demás. Ambos valores, libertad y responsabilidad, deben entenderse como dos caras de una misma moneda: no es posible que exista una sin conllevar necesariamente la otra.
Tenemos que responder de lo que hacemos y podríamos no hacer; o mejor aún, del porcentaje de libertad que nos corresponde en todo lo que llevamos a cabo.

Lo positivo y lo negativo en términos de responsabilidad

Es bueno…
• Dar responsabilidades adecuadas a cada edad.
• Premiar de palabra las responsabilidades cumplidas.
• Premiar, de vez en cuando, con una recompensa material.
• Pedir normalmente responsabilidades de las tareas encomendadas.
• Dar cuenta a los hijos de la responsabilidad que nos hayan encomendado.
• … ser responsables.
Es malo…
• Pedir más responsabilidades de las que les corresponden por su edad.
• No felicitar por las responsabilidades cumplidas.
• Pagar el cumplimiento de las responsabilidades con un sueldo.
• No pedir nunca responsabilidades de las tareas encomendadas.
• No sentirnos responsables ante nuestros hijos de lo que nos hayan encomendado.
• … no ser responsables.

¿Qué dicen los responsables?
Sí, lo he hecho yo.
Lo he hecho lo mejor que he sabido.
Me preocupa haberte causado
esta molestia.

Por favor, debo hacerlo yo, pues me
comprometí a ello.
Estoy a tu disposición, soy
el responsable. Perdón, te pido disculpas.

Y ¿qué dicen los irresponsables?
Yo no tengo la culpa.
Ha sido sin querer.
Esto no es asunto mío.
¡Arréglatelas como puedas!
¿Y a mí qué me cuentas?
Si me preguntan, lo negaré todo.

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La responsabilidad

Es responsable quien puede dar razón de sus actos

¿Qué es la responsabilidad?

Busquemos por donde busquemos, veremos que las palabras “responsabilidad” y “responder” pertenecen a la misma familia y aportan el siguiente significado: “Capacidad, y quizá obligación, de responder de algo; deber de dar razón de lo que uno ha hecho, dicho u omitido”.

De esta manera, debemos asociar la idea de responsabilidad con hacer lo que se ha prometido, cumplir una promesa, o ser consecuente con la palabra dada.
Quien adquiere una responsabilidad, siempre tiene que responder de algo ante alguien, y responsable es aquel que está capacitado para dar razón de sus actos. Esta es la esencia de la responsabilidad.

Sólo somos responsables, si somos libres
Es importante dar a este valor un sentido de compromiso, de exigencia; sin compromiso previo no puede haber responsabilidad. Pero el compromiso debe asumirse libremente; no se comprende que alguien tenga que responder de algo que le han obligado a aceptar a la fuerza.

Ejemplos que nos ayudarán a reflexionar con nuestros hijos
• El mecánico que ha arreglado un automóvil es responsable de la reparación que ha llevado a cabo. Si ocurre un accidente debido a su trabajo mal hecho, lo acusarán ante el juez.
• Las laboriosas abejas, a pesar de trabajar maravillosamente bien, cuando elaboran la miel o cuando pican a alguien no son responsables (ni para bien ni para mal) de lo que han realizado; sólo saben hacer lo que hacen, y del mismo modo que lo han hecho durante siglos y siglos.
• No podemos encarcelar a una pistola o a un automóvil “asesinos”, ni condenar a treinta años de prisión a la serpiente que ha mordido a alguien. Ni el arma ni el vehículo ni el animal son capaces de dar razón de lo que han hecho; lo han hecho, pero no saben por qué; no son libres de escoger su conducta.
• El que fabrica herramientas no es responsable del mal uso que otra persona pueda hacer de ellas; igual que al fabricante de pinceles tampoco le darán un premio de pintura por un cuadro precioso que con ellos haya elaborado un artista excelente.

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La urbanidad y nuestro respeto hacia las personas

La urbanidad no suple nuestro respeto hacia las personas, sino que lo pone de manifiesto

Cuando la urbanidad es hipocresía, se nota de lejos; no es urbanidad, es pantomima. Urbanidad procede de una palabra latina, urbs, que significa ciudad.
El que quiera vivir en una ciudad, es decir, junto a los demás, con los beneficios y deberes que ello comporta, debe estar de acuerdo en seguir las pautas (leyes, costumbres, reglas, etc.) de comportamiento que son propias de toda comunidad humana, desde siempre.
La civilización del hombre ha establecido leyes, códigos, normas, que todos los que vivimos en un núcleo urbano, perteneciente a una comunidad provincial, nacional, o estatal debemos cumplir y respetar para que la convivencia pacífica no se rompa.
Quien prefiera vivir solitario en la cima de una montaña o en una isla desierta no necesitará tener en cuenta ni una sola norma de urbanidad. Si siempre circulara solo por una carretera exenta de tráfico, podría olvidarme del código de circulación; pero si hay más vehículos, deberé tenerlo siempre muy presente, no sólo por mi propio bien, sino también por el de los demás.
Respetar las leyes, las normas establecidas por una mayoría para la mejor convivencia en un núcleo urbano, o incluso en una gran comunidad, no es hipocresía, es querer vivir y convivir en sociedad.
La urbanidad y la hipocresía tienen caras contrapuestas, o están vestidas con diferentes ropajes, como podemos apreciar a continuación.

La urbanidad
• Respeta.
• Ayuda.
• Piensa en el otro.
• Mejora la convivencia.
• Siempre cae bien.
• Se agradece.
• Mejora nuestro carácter.
• Es verdadera.
• Se muestra.
• Es un vestido.
• Es joya que adorna.
• Es delicada.
• En el fondo, es una forma de amor.
• Por suerte, es útil.
La hipocresía
• Adula.
• Molesta.
• Piensa en uno mismo.
• Entorpece la convivencia.
• Disgusta cuando se descubre.
• Se rechaza.
• Nos envilece.
• Es falsa.
• Se oculta.
• Es un disfraz.
• Es oropel que engaña.
• Parece delicada.
• Es un pésimo sucedáneo del amor.
• Por desgracia, es útil.

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Urbanidad dentro y fuera de casa

Los buenos modales no se improvisan
Todos los padres tenemos la justísima ambición de que nuestros hijos sepan comportarse adecuadamente en público y que no nos sintamos avergonzados por su forma de hacer o de hablar. Es en el hogar donde se puede llevar a cabo un aprendizaje lento y constante que después dará su fruto, puesto que los buenos modales no se improvisan.
Y en ningún momento nos referimos a refinamientos palaciegos o de protocolos complicados, sino a situaciones normales, que deben formar parte de los actos reflejos que se han ejercido habitualmente en el medio familiar; sólo así se manifestarán con naturalidad en cualquier situación y ambiente.
En el ambiente familiar o de amistad, podremos y deberemos relajar la práctica de muchas normas sociales; de no hacerlo, crearíamos un ambiente sumamente incómodo, encorsetado, falso. Pero en el preciso instante en el que pisamos la calle, accedemos a un local público o entramos en casa ajena tenemos que cambiar el registro y adoptar una conducta adecuada a la nueva situación. Ni podemos entrar en pijama en el teatro ni tomar el desayuno diario en la cocina de casa en traje de corte. No resultará difícil que nuestros hijos lo comprendan perfectamente.
La ignorancia de los usos y costumbres de un colectivo crea desasosiego y una sensación de inferioridad muy desagradable en quienes tienen tal desconocimiento.

La urbanidad no es hipocresía
Nuestros hijos pueden decirnos que ven la urbanidad como una mentira social y que prefieren ser sinceros, espontáneos y naturales.
Habrá que convencerlos, sobre todo con nuestro ejemplo y palabras oportunas, de que podemos cumplir perfectamente con las costumbres corteses y ser a la vez sinceros, espontáneos y naturales. La única forma de convivir es respetar unas ciertas convenciones que hacen posible que el trato humano, la vida en definitiva, sea más agradable.
De hecho, la persona que conoce lo que debe hacer en cada ocasión, puede actuar con un margen enorme de espontaneidad, y cuanto más asimiladas tenga estas costumbres, las podrá practicar con mayor naturalidad. Y, en relación a la sinceridad, es cuestión de que “quieran” que estas fórmulas de convivencia sean expresión del respeto interior hacia los demás.
En definitiva, la constancia en la práctica de la corrección social creará en nosotros unas costumbres que, a su vez, harán esta práctica más fácil, más natural, más espontánea y más agradable. O sea, todo lo contrario de la hipocresía o la artificialidad.

Cara y cruz de la espontaneidad
Con frecuencia leemos o escuchamos entrevistas con personajes famosos en las que afirman que lo que aprecian más en una persona es la sinceridad. Parece que el valor supremo de la vida lo poseen los que son sinceros.
Si entendemos sinceridad como naturalidad, ausencia de afectación, hay que estar de acuerdo en que es un valor que debemos cultivar en nosotros y en nuestros hijos. Las poses y palabras que alguien emplea para aparentar lo que no es y quedar bien en la foto son juzgadas como expresiones ridiculas, que desmerecen a quien las manifiesta.
Sin embargo, si tomamos la sinceridad como carencia de autocontrol en la relación con los demás, entonces debemos concluir que la persona espontánea es un peligro para la convivencia social. La vida comunitaria está basada en la necesaria autorrepresión de las conductas nocivas o sencillamente molestas hacia los demás. No podemos decir o hacer todo lo que espontáneamente nos salga de dentro; la sociedad volvería a la jungla.
Nos humanizamos en la medida en la que controlamos nuestra espontaneidad.

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LA URBANIDAD DEBTRO Y FUERA DE CASA, normas urbanidad dentro y fuera de la casa

La urbanidad

¿Qué entendemos por urbanidad?
La urbanidad es la manifestación externa del respeto hacia los demás. Está formada por un conjunto de normas relacionadas con la convivencia, que tienden a evitar incomodidades entre las personas cuando se relacionan entre ellas.
Azorín (escritor español de la Generación del 98) lo resumía con estas palabras: “La urbanidad es el conjunto de preceptos exteriores que regulan el trato de personas civilizadas. Se extienden esos preceptos al saludo, las visitas, [...] las comidas, las cartas, las conversaciones. Pero sería poco la urbanidad por sí sola. Necesita su complemento. En lo que pudiéramos llamar el tríptico de la vida social, la urbanidad es una parte y las otras dos son la equidad y la liberalidad”. Por equidad entiende justicia y tolerancia; y por liberalidad, generosidad.
Aunque en nuestra vida dentro del hogar podamos prescindir de algunos detalles para no convertir la vida doméstica en una “vida de etiqueta”, nuestros hijos deben conocer bien las normas de urbanidad y saberlas poner en práctica en su “vida social”. Recordemos que ellos suelen frecuentar otras familias, comen en la escuela, viajan en transportes públicos, saludan a los padres de un compañero de clase, asisten a espectáculos… y deben saber comportarse de forma correcta siempre.

¿Todavía está de moda la urbanidad?
Es cierto que hay conductas para todos los gustos y que resulta frecuente encontrar a jóvenes y adultos que hacen ostentación de su grosería en palabras y hechos.
Sin embargo, también podemos constatar un resurgimiento del interés por las normas de urbanidad. En sociedades avanzadas, y precisamente a causa de su nivel cultural, se observan con respeto aquellas costumbres sociales que hacen más agradable el trato humano; se vuelven a publicar libros referentes al tema de las formas correctas en diferentes momentos del día y en distintos ambientes; y, en definitiva, la urbanidad vuelve a ser una cuestión de actualidad.
De hecho, es posible encontrar estas normas de buen gusto en cualquier manual moderno de urbanidad. Los hay, y muy buenos.
Sería una lástima que una sociedad como la nuestra, que dice preocuparse por la tolerancia y la convivencia, que reclama respeto a toda clase de personas, que procura integrar diferencias e intenta no herir susceptibilidades gratuitamente, que proclama un trato digno incluso a los animales, dejara en el olvido unas convenciones de buen gusto que, al fin y al cabo, no deben tener otra finalidad que limar la rudeza, muchas veces hostil, a la que nos inclinan nuestros instintos más primarios.
Estas convenciones sociales son arbitrarias en su concreción, esto es muy cierto, y ello suele inquietar la espontaneidad de nuestros hijos.
No obstante, nos será fácil hacerles caer en la cuenta de las normas igualmente arbitrarias, y a menudo exageradamente rígidas, que ellos mismos se imponen, por ejemplo, en la forma de vestir o actuar en una discoteca, o en los rituales practicados durante los recreos en la escuela o en la práctica de los deportes, o simplemente en la forma de peinarse o de llevar colgado el bolso; si alguien no acepta estas normas, tácitas, pero muy claras, es mirado como bicho raro.
Los que se quieren hacer notar caen automáticamente en la categoría de sospechosos o por lo menos de novatos, poco iniciados en los respectivos ambientes, o sencillamente anticuados. Son sus normas de urbanidad.

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Prudencia por defecto y por exceso

No todo es prudencia y se puede malograr una actitud prudente tanto por defecto, como por exceso.

Por defecto, es posible caer en una actitud imprudente siempre que se actúa de forma precipitada, desconsiderada, negligente o con temeridad.

Por exceso, en cambio, también se puede ser imprudente si se actúa con malicia, cobardía o se muestra una previsión desproporcionada.

Una vez más, el verdadero valor se encuentra en el punto medio. A mayor riesgo, mayor prudencia.

Imprudencia por defecto
• Por precipitación. Cuando no nos paramos a pensar lo suficiente para poder ver si los medios son adecuados, correctos y justos.
• Por temeridad. Cuando despreciamos el uso de los medios que nos guardarían de peligros innecesarios.
• Por desconsideración. Cuando no atendemos bastante a las circunstancias y actuamos como cegados por principios absolutos.
• Por negligencia. Cuando no prestamos atención a los detalles durante la ejecución de una acción; esto hace que el resultado desmerezca las mejores intenciones.

Imprudencia por exceso
• Por engaño o malicia. Cuando planeamos y usamos unos medios eficaces, pero éticamente no correctos, que violan los derechos de los demás.
• Por previsión desproporcionada. Cuando queremos excluir toda posibilidad de error o de fracaso. Esto es muy propio de los indecisos, que quieren dejarlo todo tan atado y bien atado que, al final, no hacen nada.
• Por cobardía o pusilanimidad. Cuando no se ponen en práctica aquellos medios que sabemos que son necesarios y oportunos porque prevemos que nos causarán inconvenientes. Ser prudente exige, en ocasiones, ser valiente, comprometido e incluso arriesgado.

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Lo que es y lo que no es prudencia

No siempre necesitarnos la misma intensidad de prudencia

Aunque hoy en día los automóviles tienen muchas marchas, antes sólo tenían tres: la marcha larga, con poco gasto de energía, para circular por carreteras llanas; la marcha corta, más potente, para arranques y pendientes fuertes, y la marcha atrás, más potente que la anterior, para ir en sentido contrario, de forma excepcional. El conductor es el encargado de aprovechar al máximo la energía del motor, con el mínimo desgaste.

Del mismo modo, las personas debemos saber administrar nuestras fuerzas para actuar siempre con la prudencia necesaria. Si comparamos este valor con las marchas de un automóvil y su utilidad, entenderemos cómo funcionan las diferentes intensidades de la prudencia.

PRUDENCIA CON MARCHA LARGA
• Es la prudencia que uno debe usar en las situaciones normales, cuando la tarea no reviste especial compromiso ni dificultad relevante.
• Es la marcha habitual para no quemar el motor y circular con agilidad y cuidado; es económica y con ella se pueden cubrir largas distancias sin sobrecalentamientos.
• ¡Nunca podemos circular sin una marcha puesta! El vehículo sería incontrolable.
PRUDENCIA CON MARCHA CORTA
• Es la prudencia reforzada que usamos en casos complicados, cuando nos hallamos ante una situación problemática, comprometida o difícil.
• Es la marcha para desniveles costosos; abusar de ella podría romper el motor;
es más lenta y supone un mayor desgaste.
• A menudo es totalmente necesaria, si no queremos calar el motor y quedarnos parados.
PRUDENCIA CON MARCHA ATRÁS
• Es la prudencia que nos hace ir contracorriente. Llamémosla “objeción de conciencia” y pensemos que es actuar de una manera muy valiente.
• Es una marcha excepcional, muy arriesgada, y comporta peligros evidentes que uno debe estar dispuesto a asumir.
• Algunas veces es la única solución, ya que es la marcha más potente pero… ¡mucho cuidado!

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La prudencia

Ser prudente es escoger los medios adecuados a los objetivos

¿Qué es la prudencia?

La prudencia es el sentido práctico por sistema, o sea, es el modo de hacer o la conducta que nos hace ser prácticos para conseguir lo que queremos.
Así, en teoría, parece una especie de juego de palabras, pero en realidad es un valor eminentemente práctico que consiste en saber adaptar los medios de los que disponemos a los fines que pretendemos para no levantar castillos en el aire.
Para entenderlo mejor podemos fijarnos en el siguiente ejemplo: Isabel vive en un sexto piso y, afortunadamente, en el edificio hay dos ascensores. Ella siempre toma uno para subir y, a veces, baja a pie, si no va cargada, para realizar un poco de ejercicio. Ayer estalló una tormenta de verano sobre la ciudad de las que dejan recuerdo; rayos y truenos ofrecían un espectáculo de mil demonios. Isabel decidió subir a pie los seis pisos porque sabe por experiencia que, en ocasiones semejantes, se va la corriente eléctrica y algún que otro vecino se ha quedado atrapado en el ascensor y… ¡sin poder tocar el timbre de alarma, porque está estropeado!
Isabel es una persona prudente porque ha valorado con buen juicio los medios de los que dispone para conseguir lo que desea: llegar a su casa sin problemas.

La prudencia es una mezcla equilibrada de:

• Inteligencia, que nos hace distinguir qué medios son buenos, cuáles no tanto y cuáles son francamente malos para obtener algo.
• Experiencia, que nos da argumentos, muchas veces sin que los formulemos conscientemente, para aprovechar al máximo los éxitos anteriores y no repetir los errores.
• Sentido común, que nos hace valorar la utilidad de estos medios teniendo en cuenta las circunstancias concretas.
Si aplicamos esta mezcla al caso de Isabel, veremos que en otra situación hubiera tomado el ascensor sin pensarlo ni un instante, pero sabe que en cualquier momento puede irse la electricidad; se lo dice la experiencia. Su inteligencia y su sentido común le permiten ser prudente y optar por subir las escaleras para llegar a su casa sin problemas.
¿Por qué toma normalmente el ascensor? Porque también sabe que, si hace buen tiempo, hay muy pocas probabilidades de que se vaya la luz; pasa poquísimas veces.

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La constancia es fuente de posibilidades

A nuestros hijos les puede parecer que la constancia limita o entorpece sus posibilidades, pero con nuestra conducta y nuestro diálogo debemos mostrarles que es justamente todo lo contrario: la constancia aumenta las posibilidades, la creatividad, los recursos disponibles, es decir, abre el abanico en vez de cerrarlo.

Los ejemplos se multiplican y ellos mismos nos pueden ayudar a encontrarlos:
• En el mundo del deporte. El atleta, el gimnasta, el nadador de saltos, el patinador o cualquier otro deportista tendrá la capacidad de superar los récords establecidos, inventar nuevos estilos y llegar más lejos, después de años de entrenamiento perseverante.

• En el mundo del arte. El músico, el pintor, el bailarín… con muchos años de oficio será capaz de crear y recrear una infinidad de variaciones
y nuevas ideas.

• En el mundo de los idiomas. Años de aprendizaje y práctica hacen que una lengua extranjera llegue a parecer como propia, y facilitan el aprendizaje de nuevos idiomas.

• En el mundo de la técnica. Quien sea ducho en algún oficio (cocineros, encuadernadores, electricistas, herreros, carpinteros…) sacará de su experiencia repetida y comprobada, con éxitos y fracasos, infinidad de posibilidades creativas, cambiantes y adaptadas a cada situación.

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La constancia

Admiramos a las personas que han demostrado una gran tenacidad

¿Todavía significa algo la constancia?

La aceleración de los cambios en todos los órdenes ha hecho posible que las variaciones sociales, científicas, técnicas… durante cinco años hayan sido más intensas que las que se dieron a lo largo de cinco siglos. Estamos en la cultura del “usar y tirar”; sólo a un necio se le ocurriría mandar a reparar un bolígrafo porque no escribe: se tira y se compra uno nuevo. La inmensa mayoría de los objetos de uso cotidiano sólo se utilizan una vez. Por suerte, la cultura del reciclaje les da una posterioi utilidad, aunque a veces en campos bien distintos a los del producto original.
Durante toda la historia de la humanidad, los hijos habían aprendido de sus padres lengua, mitos, costumbres, conducta, cultura, técnica y profesión. En nuestros días, los padres aprendemos de los hijos lengua, mitos, costumbres, conducta, cultura, técnica, profesión y… las últimas novedades en informática, música y motocicletas.
Estamos en la cultura del cambio. Quizá deberíamos hablar de la ¡constancia del cambio!

A pesar de todo, admiramos la constancia

Aunque se trata de un valor de baja cotización entre la gente joven, debemos reconocer que admiramos a las personas que en su vida han demostrado una gran tenacidad o constancia. Sabemos que las grandes figuras del pensamiento, de la ciencia, de las artes, de la técnica, de los deportes… han sido perseverantes en sus proyectos y realizaciones: han sido constantes.
La veleidad no sustenta grandes descubrimientos o empresas duraderas. Ha habido grandes investigadores en todos los campos que han hecho posible un progreso humano de provecho universal gracias a la continuidad de su trabajo.
Nuestros hijos pueden ser muy sensibles a la fidelidad “obstinada” de sus ídolos deportivos hasta conseguir unos récords que los han elevado al podio de los héroes. Les es fácilmente comprensible la cantidad de horas de entrenamiento para conseguir y mantener unas marcas históricas. Si practican algún deporte o tocan algún instrumento musical, saben lo que es la tenacidad para llegar a triunfar o, por lo menos, para salir de la mediocridad.

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