¿Cómo podemos enseñar a tener paciencia?

La paciencia es la fortaleza de aquellos que saben esperar

Nuestro hijo debe aprender que no todas sus peticiones son de obligado cumplimiento.
Para ello, los padres (¡y los abuelos!) debemos aprender a decir que no. Ésta es una cuestión de equilibrio educativo, ya que no podemos pasarnos ni por exceso ni por defecto.

Si decimos que no mas de la cuenta a nuestro hijo…

• Se sentirá profundamente frustrado.
• Creerá que no vale la pena pedir.
• No confiará en la buena voluntad de las personas.
• Perderá su necesaria autoestima.
• Sospechará que no lo amamos bastante.
• Buscará donde sea a quien le diga que sí.
• Será un niño “quemado”.

Si decimos que no, menos de la cuenta a nuestro hijo..

• Se creerá omnipotente.
• No sabrá encajar las frustraciones de la vida.
• Puede convertirse en un tirano caprichoso.
• Deducirá que su voluntad no tiene límites.
• No tocará con los pies en el suelo; vivirá en un falso “mundo feliz”.
• Pensará que los que le decimos que no, no lo amamos.
• No sabrá convivir en grupo.
• Será un niño “mimado”.
Todos los extremos son malos y, como la mayoría de las veces, la virtud se encuentra en el punto medio. Los padres debemos aplicar la “técnica del pescador”: no podemos aflojar siempre el sedal, porque no pescaremos nada; ni podemos tirar siempre de él, porque se nos va a romper. Debemos tirar y soltar sucesivamente, con mano de artista y sentido de la oportunidad, muy atentos a la reacción del “pez”.
Es muy peligroso ceder por principio ante la impaciencia infantil, puesto que esta impaciencia puede tomar el aspecto de conducta airada e irritación manifiesta, exageradamente ostensible.
Así pues, pescar con caña es todo un arte y una lección de sabia oportunidad; pero lo es mucho más saber decir que no a nuestro hijo.

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La paciencia

La paciencia es la espera reflexiva y llena de esperanza

¿Qué quiere decir paciencia?

Tiene paciencia aquel que sabe esperar con calma lo que tarda en llegar. ¡Qué sencillo decirlo y qué difícil practicarlo, y cuánta paciencia para enseñarla!
Hay que tener presente que la paciencia no es un valor de los niños, pero ¡cuidado!, decimos “de los niños”; pero sí lo es “para los niños”.
Siempre nos referimos a los niños desde los 6 hasta los 12 años, y realmente no son las edades más propicias para tener una actitud paciente, de espera reflexiva. De hecho, cuanto más pequeños menos capacidad para tener paciencia: el bebé, por ejemplo, no tiene paciencia alguna, cuando tiene hambre llora, y cesa de llorar cuando toma el pecho de la madre, y así en todas sus necesidades. Sólo el tiempo y una buena educación es lo que enseña a tener paciencia.

Ser paciente es a la vez aguardar y esperar

Para que nuestros hijos tengan paciencia deben saber aguardar y esperar (tener esperanza); ambas actitudes son imprescindibles para ser paciente.
Aguardar es dejar pasar el tiempo suficiente para que llegue algo que deseamos. Así, decimos que “aguardamos a que llegue el tren de las 9 o “aguardamos a que nos toque el turno en el colmado”. Si pasa más tiempo del previsto, nos impacientamos. De hecho, la paciencia tiene este color de resignación razonable ante lo inevitable.
Los niños no suelen tener este tipo de paciencia demasiado desarrollado. Se impacientan, protestan, se irritan porque todavía no… Por eso, es muy importante enseñarles a aguardar.
Sin embargo, es imposible que sepamos aguardar si no tenemos esperanza, si no sabemos esperar. De hecho, no valdría la pena tener paciencia si no vislumbráramos ni la remota posibilidad de que nuestra esperanza se verá colmada tarde o temprano.
Nuestro hijo debe saber esperar a que acabemos nuestra conversación telefónica, porque debe tener la seguridad, dada por nosotros, de que después cumpliremos sus deseos.
Sólo si desconocen ese cumplimiento, puede ser posible que ahora el niño y más tarde el adulto no sepa esperar, y la impaciencia lo consuma.
Si no sabemos aguardar no podremos vivir; pero lo que nos hace vivir es la esperanza.

Nuestros hijos deben ser fuertes para poder ser pacientes

• La paciencia no es propia de los débiles; los débiles se irritan.
• La paciencia no es propia de los cobardes; los cobardes se atemorizan.
• La paciencia no es propia de los pasivos; los pasivos no hacen nada.
• La paciencia no es propia de los inútiles; los inútiles son incapaces incluso de tener paciencia.
• La paciencia no es propia de los indiferentes; los indiferentes no esperan nada.
• La paciencia no es propia de los orgullosos; los orgullosos no se rebajan a esperar.
• La paciencia no es propia de quienes les falta valor y ánimo para tolerar desgracias, o para intentar cosas grandes (los pusilánimes), porque éstos se acoquinan, se retraen y abandonan.

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El respeto

Respetar es actuar dándome cuenta de que no estoy solo

¿Qué quiere decir respeto?

A veces las palabras más sencillas son las más difíciles de definir; son tan claras, las usamos tanto y las entendemos tan bien que nos resulta muy complicado resumir su contenido en términos concisos.
En vez de buscar una definición de diccionario, vayamos por otro camino: la palabra respeto procede de una palabra latina que signififca “mirar alrededor”. Esto nos puede arrojar mucha luz sobre lo que significa respeto y respetar. ¿Se puede afirmar que el que respeta mira a su alrededor y el que no respeta no lo hace? Pues sí.

¿Cómo se lo explicamos a nuestros hijos?

Lo más claro es hacerlo con imágenes. Será fácil hacerles ver la diferencia entre: a) estar en la cima de un monte, aislado de todo el mundo, contemplando a lo lejos unos pueblos pequeñitos, y b) estar en un vagón de tren lleno de pasajeros que leen, charlan u observan tranquilamente el paisaje.
Pues bien, si en la cima desierta de la montaña pongo en marcha mi radiocasete o mi reproductor de CD con toda su potencia, no voy a faltar al respeto de nadie; si, por el contrario, en medio del vagón de tren hago lo mismo, observaré el enfado de muchos viajeros y posiblemente alguno de ellos o el responsable del tren me llamarán la atención porque no respeto a los demás.
¿Por qué esta diferencia? Porque si desde la cima “miramos a nuestro alrededor”, no vemos a nadie; mientras que si “miramos a nuestro alrededor” en la otra situación, vemos a alguien. Ésta es la diferencia.
Quien sabe mirar a su alrededor y ver que hay personas como él, que no está solo, sabrá qué significa respetar. Por el contrario, quien actúa sin observar si hay alguien a su alrededor (o sin tenerlo en cuenta) y se comporta como si estuviera solo, seguramente no respetará a los demás.

Es cierto que el niño debe respetar y también que a él se le debe un enorme respeto

¿Cuando empezamos a enseñarles a respetar?

Desde el momento en que nuestros hijos tengan a alguien a su alrededor, es decir, desde el principio.
– Es que nuestro hijito todavía no entiende nada; es muy pequeñito.
Los padres (los educadores en general) no siempre pretendemos que entiendan lo que les decimos; lo importante es que desde pequeños nos oigan para inculcarles muy lentamente unos hábitos de reflexión y de conducta que los modelarán para toda su vida: a eso llamamos educar. Y, ¡cuidado!, con ello no les quitaremos la libertad. Si los educamos correctamente, les enseñaremos a ser libres, a seguir su conciencia, a modificar los hábitos que les parezcan incorrectos a tener sentido crítico.
La educación, si es correcta, hará libres a nuestros hijos; una educación que no construya seres libres no es una buena educación; a pesar del evidente riesgo que comporta una educación en la libertad.

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¿Por qué estos valores y no otros?

La razón por la que en este sitio web hemos seleccionado unos valores humanos y no otros nos la ha ofrecido una encuesta que hemos realizado entre educadores padres y alumnos.

Debemos admitir que cualquier selección es siempre arriesgada, y más todavía cuando incide en algo tan trascendental como la educación de los pequeños de la familia, que es decir de la sociedad. Escoger es renunciar, y renunciar es siempre comprometido.

De todas maneras, los valores humanos son de tal guisa que se entrelazan entre ellos y resulta difícil, o tal vez imposible, distinguir dónde termina uno y dónde empieza otro. Dicho de otro modo, no es factible discernir si estamos educando en el diálogo o en la paz o en la justicia.

¿Es posible una paz sin diálogo? ¿Podría existir la paz al margen de la justicia? ¿La urbanidad no es un aspecto del respeto? ¿La generosidad y la compasión no serían imposibles sin la paciencia? ¿La creatividad y la confianza no están en la base de la alegría? ¿Es concebible la amistad sin la sinceridad, o una responsabilidad carente de prudencia?

Siempre podemos, sin embargo, trabajar unos matices centrados más en un valor que en otro. La constancia posee unos elementos que después podremos aplicar al resto de valores; y así seremos constantes en la amistad, en la paz o en la tolerancia, o en el valor que queramos.

Por suerte para los educadores y para los educandos, si crecemos en un valor, crecemos en los demás, puesto que es la persona la que se vuelve mejor. No podemos ser más tolerantes sin ser a la vez más generosos, más compasivos, más dialogantes, más respetuosos, más… más… buenos.

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Las escalas de valores

Cada persona, cada familia, incluso cada grupo social, político o religioso establece su escala de valores. Para unos el honor es más importante que la vida; para otros el orden lo es más que la estética, o la creatividad artística prevalece sobre la convivencia familiar. Y resulta real y tópico que prevalga la vida sobre la bolsa, cuando sufrimos un atraco.

Tener una escala de valores significa que estamos dispuestos a sacrificar un valor que juzgamos inferior para que otro superior se conserve. Que uno sea preferente a otro es fruto de la educación, del ambiente, de la historia, e incluso de las circunstancias del momento.

Múltiples factores influyen en la apreciación o en la depreciación de los valores singulares. Podremos convenir que todo el mundo estaría de acuerdo en que es mejor el bien que el mal (¿quién se atrevería a decir lo contrario?), pero al concretar en qué consiste el bien y en qué consiste el mal vendrá la estimación de cada persona o de cada grupo.

Es necesario dejar dos ideas muy claras: primera, no podemos imponer a los demás nuestra escala de valores; y, segunda, necesitamos promoverlos todos para que nuestros hijos reciban una educación equilibrada, sin hipertrofias que deformarían su actitud positiva ante la sociedad.

A pesar de la conexión interna de los valores, alguno de ellos puede polarizarse de tal forma que perturbe la armonía del conjunto. Del mismo modo que sería nocivo para la salud abusar (decimos “abusar”) de un tipo de alimento o de deporte, o de ejercicio, también sería perjudicial potenciar exclusivamente un solo valor en detrimento del conjunto, y muy en especial en las edades de formación de la personalidad.

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La educación en valores humanos empieza en casa

Aunque en estas últimas décadas se ha puesto de moda hablar de educación en valores humanos, el concepto es tan antiguo como la educación misma.

Los humanos no podemos educar si no es en valores, ya que esto no es otra cosa que mostrar a nuestros hijos lo que, a nuestro parecer, es “bueno” y lo que es “malo”, lo que “vale” y lo que “no vale”.

Sin entrar en la cuestión básica de toda ética de por qué algo está bien o está mal, podemos afirmar que en realidad lo que, como educadores, queremos inculcar a nuestros hijos es que “esto te hará feliz, y esto otro te hará infeliz”.

En el fondo lo único que deseamos es que sean felices y, por eso, procuramos inclinarlos hacia lo que a nosotros nos ha hecho felices, o hacia lo que creemos que, si lo hubiéramos hecho, nos habría hecho felices.

La transmisión de los valores humanos debe empezar en edades muy tempranas, por lo que es fundamental el papel que podamos ejercer como padres.

Si somos educadores de verdad, invitaremos a nuestros hijos a la felicidad respetando siempre su libertad.

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Valores Humanos

El ser humano es social por naturaleza y necesita a los demás desde su nacimiento hasta el final de su vida. Los seres sociales no son completos si les falta la relación con los demás; su dimensión grupal es básica para desarrollarse completa y armónicamente.
De hecho, resulta imposible educar a un ser humano, si se prescinde de este ámbito, y, por este motivo toda educación tiende, debe tender, a crear aquellos hábitos que hagan posible vivir en sociedad, aumentar sus ventajas, reducir sus inconvenientes, colaborar al progreso colectivo para que los demás y nosotros podamos sacar el máximo provecho.
La mayoría de los valores humanos están muy directamente relacionados con la convivencia. Difícilmente alguien puede dudar de que desarrollar en nuestros hijos el respeto hacia las personas y cosas, enseñarles a dialogar correctamente o a cooperar codo con codo con los demás no redundará en provecho de una vida más pacífica, de mayor satisfacción y bienestar para la sociedad.

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