Oseas

Oseas es otro de los grandes profetas del siglo VIII a. C. Predica a Israel, reino del norte, después de Amos. Bajo la figura de una dolorosa tragedia conyugal —que muchos comentaristas piensan que fue una experiencia personal propia—, ocasionada por su matrimonio con una mujer infiel, a la que finalmente perdona y recoge, el profeta condena la idolatría del pueblo, que él compara, como lo hará después Jeremías, con un abominable adulterio.

Por ello caerá sobre Israel el severo juicio de Dios. Pero Dios, que es infinito amor, no ha dejado de amar a su pueblo infiel, así que lo busca, lo perdona, lo rescata y lo recobra como suyo.

Tal es el fondo del mensaje de Oseas. El libro puede considerarse dividido en tres partes: (1) El drama conyugal de Oseas (caps. 1—3). (2) Mensajes de reprobación contra Israel (caps. 4—13). (3) Llamamiento al arrepentimiento y promesa de final reconciliación (cap. 14).

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Malaquías

Malaquías, en hebreo Malají, significa mi mensajero. Los mensajes del libro se pronuncian en el siglo quinto a. C., después de haberse reconstruido el templo.

A causa del tiempo transcurrido sin ver cumplidas las promesas de la restauración de Judá, el pueblo había caído no sólo en la desilusión y la apatía sino, lo que era peor, en el relajamiento de sus costumbres y el menosprecio del culto divino.

La gente del pueblo y aun los sacerdotes defraudan a Dios de las ofrendas que le son debidas, y se comportan dando la espalda a sus mandamientos.

El profeta reprocha a Israel sus pecados (1.1—2.16), y le anuncia que Dios vendrá a juzgarlo y purificarlo. Al efecto, enviará por delante a su mensajero, a quien se designa como “el profeta Elias” (4.5), para prepararle el camino.

No obstante la severidad del juicio en el Día del Señor, que se acerca, quienes se arrepientan y lo obedezcan serán libres y felices.

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Zacarías

Entre los que habían regresado del exilio con Zorobabel se hallaba Zacarías, jefe de una de las familias sacerdotales.

Su mensaje se expresa en una serie de visiones, que contienen exhortaciones y palabras de esperanza en la restauración de Jerusalén y del templo, el perdón del pueblo por sus pecados pasados, su purificación por la acción divina y el advenimiento de la futura edad mesiánica (caps. 1—8).

La serie de mensajes de los caps. 9—14 trata del Mesías que la establecerá y del juicio final, que comenzará con el de las naciones vecinas.

El pasaje de 9.9 es citado por los evangelistas Mateo y Juan en relación con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (Mt 21.5; Jn 12.15).

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Hageo

El profeta Hageo aparece un siglo después de los tres anteriores. Se había efectuado ya el regreso del exilio bajo Zorobabel.

Pero el tiempo pasaba y no se reconstruía el templo, si bien se habían comenzado a levantar de nuevo bellas mansiones en Jerusalén. El profeta comunica la orden divina de no demorar más la reconstrucción del santuario (cap. 1).

El Señor promete prosperidad y paz en el futuro para un pueblo arrepentido de su infidelidad y dispuesto a servirle (cap. 2).

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Sofonías

El profeta Sofonías es contemporáneo de Nahúm y de Habacuc, y por el texto de este libro se puede saber que predicó antes de las reformas de Josías.

Por eso comienza advirtiendo, como otros profetas, la proximidad del Día del Señor, día de juicio, castigo y destrucción (1.1—2.3). Ciertamente los vecinos de Judá, las ciudades fílisteas de Gaza, Ascalón, Asdod y Ecrón serán destruidas (2.4-15).

Pero también por su propio pecado, Jerusalén sufrirá el desastre. Para ella, sin embargo, hay esperanza de redención, lo cual hace que el profeta concluya con un cántico de alegría.

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Habacuc

Los vencedores de los asirlos fueron los babilonios. Habacuc profetiza al parecer poco después de Nahúm, cuando Babilonia, después de vencer a Nínive, alcanza su apogeo imperial. Sus ejércitos igualan en crueldad a los asirios. Si Nahúm anuncia la caída de Nínive, Habacuc se alarma por la aparición de esta nueva y tremenda amenaza.

Comprende que el pueblo escogido ha incurrido en pecado, y presiente que vendrá el castigo por mano de los babilonios. En momentos de inconformidad, que recuerdan la de Job, llega a interpelar a Dios. ¿Cómo permite él todo esto? Y en cuanto a los babilonios, si Dios es santo, ¿cómo puede soportar a gente tan cruel? (cap. 1).

Dios le responde que debe tener paciencia y confianza en él. A su debido tiempo, y cuando él considere llegada la hora, vendrá la merecida retribución: la destrucción de los malvados y la supervivencia de quienes se mantengan fieles a él (cap. 2).

El capítulo final es una oración, en forma de salmo, en que se alaba la grandeza de Dios y se expresa la fe inconmovible del autor.

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Nahúm

El libro de Nahúm anuncia con alegría la caída de Nínive, capital de Asiria, la nación imperialista más brutal del mundo antiguo, y enemiga feroz de Israel.

Esa caída ocurrió a fines del siglo siete a. C., y no sólo Judá sino todos los pueblos del Medio Oriente la aplaudieron, sintiéndose libres de tamaña amenaza.

El profeta, por supuesto, interpreta el suceso como castigo de Dios. El lenguaje poético del libro es brillante y de vigoroso colorido, como por ejemplo la descripción del ataque de los carros y la caballería enemiga contra la ciudad (2.1-12).

El estilo es de gran movimiento, con frases concisas y resonantes, con palabras que en el original hebreo parecen escogidas para imitar el estruendo de los carros, el galope de los caballos y la confusión del combate.

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Miqueas

Miqueas es uno de los cuatro grandes profetas del siglo octavo a. C., y contemporáneo de Isaías. Miqueas tiene la viva conciencia de que Judá, de cuyo territorio es nativo y en cuya zona rural predica, va a correr la misma suerte y por las mismas causas que Israel, conforme al anuncio de Amos (caps. 1—3).

Confirma así, al anunciar el juicio de Dios, el mensaje clásico de los profetas sobre la santidad, la justicia y la universalidad del Señor. Pero recalca también la misericordia divina: el Dios del juicio es también el Dios del perdón.

Por lo cual anuncia la final restauración y el futuro reinado de la paz (caps. 4, 5). El libro termina con un mensaje a la vez de amonestación y de esperanza, con la promesa de restauración.

Su anuncio de que un gran rey de la familia de David, el Esperado y Elegido, nacerá en Belén Efrata (5.2-5a), se cita en Mt 2.6 como anuncio del nacimiento de Jesús en esa población.

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Jonas

A diferencia de otros escritos proféticos, que son un mensaje o una serie de mensajes en forma de predicación o proclama, el libro de Joñas es un relato.

Trata de las aventuras de un profeta que quiso eludir el cumplimiento de la comisión que Dios le encomendó de ir a la ciudad de Nínive a exhortarla al arrepentimiento (cap. 1).

Tras una dramática experiencia que lo pone al borde de la muerte, pero que lo hace arrepentirse, Joñas obedece la reiterada orden de Dios, va a la gran ciudad y da allí su mensaje. Pero después se disgusta porque sucede algo que él no esperaba: los ninivitas se arrepienten y Dios les levanta la sentencia de castigo que el profeta había ido a anunciar (caps. 2,3). Por medio de una parábola actuada, Dios lo reprende por su injusta y hasta ridicula contrariedad.

El libro exalta la soberanía de Dios sobre su creación, pero ante todo, su amor y misericordia. Cuando hay arrepentimiento, Dios prefiere perdonar y salvar aun a los enemigos de su pueblo antes que castigarlos y destruirlos.

En un relato que no carece de humor, se ridiculizan el amor propio y la arrogancia nacionalista de Joñas, el sentir y la actitud de quienes, llevados de su enemistad o desprecio hacia otras naciones, caen en extremos de exclusivismo religioso y de inhumanidad.

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Abdías

El trasfondo histórico de esta breve profecía es lo hecho por los idumeos contra Judá, aprovechándose de la caída y destrucción de Jerusalén: no sólo ayudaron al invasor, no sólo se alegraron de la desgracia de Judá, sino que saquearon la ciudad y ocuparon una parte del territorio.

Abdías anuncia el castigo de Edom por esta felonía (vs. 1-14) y la proximidad del Día del Señor, en que el juicio divino se abatirá sobre ese pueblo y Judá será restaurado (vs. 15-21).

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