Meditación con María para el 9 de Agosto

Los temores de una madre

Imaginad la escena: Jesús tiene unos dos años y medio, justo la edad en que los niños «te ayudan». Desea entrar en el taller y «ayudar a papá». José mira a María pidiendo su veredicto, y María piensa ¡Sierras! ¡Clavos! ¡Cinceles! ¡Vigas pesadas! ¡Cosas peligrosas! ¡Mi bebé! Por mucho que confié en que José vigilará a Jesús, ella es una madre, y las madres se preocupan por la seguridad de sus hijos. Pero reconoce sus temores, y permite que Jesús explore el taller y aprenda en él.
Saltemos algún tiempo hacia delante. Jesús tiene doce años. En el camino a Jerusalén para la Fiesta de Pascua, pregunta a su madre si puede «ir a dar una vuelta» con los hombres y los otros muchachos, en vez de caminar con las mujeres y los niños pequeños. María lo mira y piensa: ¡Malas influencias! ¡Desierto peligroso! ¡Podría perderse! ¡Podría lastimarse! ¡Mi bebé! A pesar de su inquietud, indudablemente reconoce sus temores y lo deja ir. (No hablaremos, sin embargo, de lo que pudo haber dicho después de que él se quedara en el Templo.)
Id ahora hacia delante un par de décadas. Jesús tiene treinta y tres. Dice a su madre que las cosas se están poniendo un poco difíciles con los fariseos, pero que ha de ir a Jerusalén por la Pascua. Ella lo mira y piensa: ¡Momento peligroso! ¡Podría ser herido! ¡Podría ser matado! ¡Mi bebé! Pero sabiendo que su destino lo aguarda, reconoce sus temores, y lo deja partir.
No podemos proteger a quienes amamos de los peligros del mundo por mucho que lo intentemos. Hay momentos en los que lo único que podemos hacer es reconocer nuestro temor y dejar partir a los que amamos, igual que hizo María.
¿Cuál es mi primera reacción cuando alguien a quien amo está en peligro? ¿Sé cuando entrometerme y cuándo retroceder?

Meditación para hoy

Doy a quienes amo la libertad de tomar sus propias decisiones.

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Meditación para el 9 de Agosto

La vida es algo serio, muy serio; pero es también algo hermoso, muy hermoso.

El secreto de toda existencia se condensa en la tripartita fórmula:
— un amor que ofrecer,
— un compromiso que asumir,
— un apostolado que ejercer.

Tener un ideal es tener razón para vivir. Es también un medio para vivir una vida más amplia, más elevada.
Quien ha trascendido su egoísmo y se ha consagrado al servicio de un ideal más grande que él mismo, se halla próximo a Dios.

El ególatra será estático, como lo es toda inacción; el que se realiza en el prójimo es dinámico, con el dinamismo de la donación.

La vida es extremadamente valiosa, si se sabe para qué nos ha sido dada. Valorizar la vida es ya ponerse bajo la influencia de un ideal. Una vida ociosa es una muerte anticipada.

Vivir es sentir el alma, toda el alma; es amar con todas las fuerzas hasta el fin y hasta el sacrificio.

“Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mi la vida es Cristo, y la muerte una ganancia” (Filip, 1, 20-21).

Mi vida es Cristo, y Cristo es mi vida; Cristo es el que da sentido a mi vida, el que orienta mi vida, el que le da impulso, y la muerte será el encuentro definitivo ya y total con ese Cristo que es mi resurrección y mi vida.