Los ritos funerarios hindues

Aunque la muerte, según las tradiciones hindúes posteriores al siglo VII antes de Jesucristo, sólo es una etapa de la existencia, los ritos funerarios -antyesti-, cuyo origen es anterior, la van a representar como un proceso lento y, en general, desagradable. Van a ser, a la vez, ritos de transición y ritos de crisis.
Para designar el instante de la muerte, el hindú no habla de entregar el alma, sino de abandonar su cuerpo.
La respiración antes de la muerte se hace más difícil. Para el hindú, este hecho no tiene otra significación que hacerle tomar conciencia de que su cuerpo se muere.
Su atman va a dejar su cuerpo -para ocupar entonces otro cuerpo y según, por ejemplo, la Bhagavad Gita, libro del Mahabha-rata-, los últimos pensamientos del moribundo van a regir su nuevo nacimiento. Por eso Krishna dice a Arjuna: «En el momento de abandonar este mundo, cuando se deja el cuerpo y se muere, puesta toda la atención en uno mismo, se llega a lo que se es; a lo que se atiende en el momento de abandonar el cuerpo al término de los días, es precisamente a eso a lo que se accede y en lo que se convierte uno inevitablemente».

El sentido de la cremación
El ritual de los funerales en la tradición hindú se cen­tra fundamentalmente en el rito de la cremación.
La cremación tiene un origen oscuro. Esta manera de tratar el cuerpo de los difuntos no es original ni del hinduismo ni del budismo. Está atestiguada ya, en el antiguo Neolítico, en asentamientos del Vietnam del Norte donde los thais guardan las cenizas de sus difuntos en cofres agrupados en el bosque. El mundo indio y los países indianizados del Sudeste asiático, en la mayoría de los casos, incineran a los muertos y recogen sus restos. La cre­mación acelera la disolución de la envoltura carnal. Cada elemento corporal retorna a la parte correspondiente de la naturaleza.
En la tradición hindú, la cremación se concibe hoy como el último sacrificio del difunto, etimológicamente «la última ofrenda» -antya-isti-. El fuego de la hoguera va a consumir al individuo en cuanto forma transitoria del ser, ya que su atman se seguirá reencarnando de existencia en existencia. La muerte sólo es un paso, mejor, un renaci­miento por el fuego.
Sin embargo, el hindú que se ha mantenido fiel a sus obligaciones religiosas va a renacer al mundo divino, que es también el mundo de sus ancestros. Él va a escapar a la turbulencia de los nuevos nacimientos, puesto que el «sí mismo», el «atman», se ha fundido con la esencia universal, que es el brahmán, e, identificándose con Él, va a acceder a la inmortalidad.
«Él va derecho al fuego, del fuego al día, del día a la quincena luminosa, de la quincena luminosa a los seis meses durante los cuales el sol sube al norte, de estos meses al año, del año al sol, del sol a la luna, de la luna al rayo. Allí, él es un ser que no es un ser humano y que lo lleva a brahmán. Tal es el camino en la vía de los dioses» (Chandogya Upanishad X, 1).
El monje errante -sadhu- no tiene que pasar por este rito porque ha cumplido ya con los ritos funerarios, antes de lanzarse a los caminos. Este «asceta», puesto que vive como un muerto viviente, ha roto así el círculo de las vidas y las muertes que se suceden indefinidamente.
Su práctica se considera una lenta cocción, una obla­ción en el fuego de la ascesis. Estando bien cocido, ya no tiene necesidad de ser incinerado en su muerte, y su cuer­po, cubierto con la túnica azafrán, es arrojado al río o al arroyo.

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