El proceso de la cremación

Para los que siguen viviendo, y particularmente la fa­milia, el cadáver es fuente de impureza. Para protegerse de ella, los familiares del difunto hacen cantidad de gestos, recitan oraciones… El cuerpo del muerto se lava primero; después, si es varón o mujer viuda, se envuelve en un lien­zo blanco, y en una sábana roja las demás mujeres. La familia, en casa, recita las oraciones a su cabecera.
Se deposita a continuación en unas parihuelas de bambú para llevarlo al lugar de la cremación. Los amigos no son invitados a esta ceremonia.
El primogénito se encarga del transporte del cuerpo del difunto. En su ausencia, se confía esta tarea a un miembro de la familia, o a alguna otra persona que pertenezca a la misma casta. Los hombres son los únicos que pueden transportar el cuerpo. Cada pueblo, cada ciudad señala los lugares de cremación. Por lo general, se eligen cerca del agua, río o arroyo, nunca en los templos o lugares santos. El roce con los cadáveres genera impureza.
Una vez que el cortejo del difunto llega al lugar de la cremación, el dom, miembro de la casta encargada de en­cender las hogueras, ordena depositar el cuerpo del muer­to en la plataforma preparada al efecto y formada con sán­dalo, madera preciosa perfumada.
Una cremación ordinaria necesita unos quinientos kilos de madera. Algunas familias, para conseguirlos, han tenido que vender varios búfalos. La ceremonia de los fu­nerales entraña variantes según se tengan en la campiña o en la ciudad, se pertenezca a una familia rica o a una famil­ia pobre. Así, una familia rica a veces contrata una orques­ta para acompañar al muerto.
Cuando el cuerpo queda depositado, los presentes arrojan varitas de incienso, velas, flores. El oficiante, un brahmán, retira de la pira tres trozos de madera. Y, al mismo tiempo, recita los siguientes votos, sacados de los Upanishads: «Que el ojo vaya al sol, el aliento al viento, ve al cielo, a la tierra conforme a las reglas, ve a las aguas si ése es tu destino, entra en las plantas con tus miembros». El fuego avivado por aspersiones de ghee, mantequilla refina­da, lleva el «sí mismo», el atman, hacia el brahmán, el «pa­raíso», por así decir, si no va a otro cuerpo.
Seguidamente, los miembros de la familia, que han lle­vado ofrendas de alimentos, dan la vuelta tres veces al lugar de la cremación en el sentido de la prasan/a (el sentido nefas­to exigido durante los ritos funerarios y el culto ancestral), en el sentido contrario a la pradakshina (circunambulación ritual en el sentido fasto que se practica teniendo siempre a su derecha la divinidad o el objeto a los que se rinden culto), y, en consecuencia, teniendo a su izquierda la hoguera.
Una vez que el cuerpo se ha quemado y las cenizas enfriado, se recogen éstas, y los huesos que no se han reduci­do a cenizas se lavan con agua lustral, cúrcuma o leche de coco. La familia recoge algunos de ellos para guardarlos en la urna y el resto se tira al arroyo o al río.
Los dom arrojan al río las cenizas aún humeantes y a veces el cuerpo a medio calcinar. Y, a continuación, rastrillan el suelo fangoso para recuperar las alhajas de los muertos.
Se ha visto que el cadáver del sadhu era directamente arrojado al agua. E igualmente el cuerpo de un niño muer­to y el del leproso. Pero con respecto a este último caso, si no se quema es a fin de que no pueda reencarnarse, porque es considerado impuro por su enfermedad.
Después de la cremación, todos se lavan y cambian su vestimenta porque el cuerpo del muerto es considerado impuro. Luego, durante diez días, la familia va a ofrecer una bola de arroz que representa una parte del cuerpo en nom­bre del difunto. Una vez que el cuerpo es reconstituido, se insufla el espíritu vital y se le presentan ofrendas de alimen­tos. Así, se le permite reunirse con los ancestros y los dioses.
Un año más tarde tiene lugar la celebración de ofren­das en recuerdo. Los huesos conservados son rociados con agua perfumada. El sraddha, que preside todos estos ritos de ofrendas, completa la panoplia de los ritos funerarios porque transforma al difunto en «padre» -pitr-, es decir, éste se convierte en un ancestro benévolo un mes después.
Durante varios años, en los aniversarios de la muerte del difunto, se hace venir a unos brahmanes a los que se les ofrece comida. Y se ofrece igualmente a los miembros de la familia.

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