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El fuerte componente ético que distingue al zoroastrismo tiene su fundamento teológico en una concepción dualista. Aunque en períodos posteriores, alentados por la confrontación con los tres monoteísmos abrahámicos, los zoroastrianos tendieron a dar prioridad a una concepción monoteísta de su fe en Ahura Mazda, el zoroastrismo clásico, inspirándose en el propio mensaje de su fundador, tiene una visión dualista del mundo divino, dividido entre espíritus benignos y espíritus malignos, encabezados respectivamente por Ahura Mazda y Angra Mainyu. La complejidad de los ángeles y demonios que forman la corte de las dos divinidades principales, en los que se refleja con minuciosa simetría la división dualista de toda la existencia material y espiritual, constituye un rasgo distintivo del zoroastrismo, que posiblemente influyó también en otras tradiciones religiosas con las que entró en contacto a lo largo de su prolongada historia.

En la reflexión teológica del período sasánida —de forma análoga a lo que sucedió con la contemporánea reflexión trinitaria cristiana en los cuatro primeros siglos de nuestra era—, la soberanía de Ahura Mazda fue reinterpretada y explicada a la luz de entidades subordinadas, que representan formas secundarias de su actuación: los seis ame sha spenta o «inmortales benéficos». En las partes más antiguas del Avesta todavía no están organizadas en un sistema definitivo, pero en las más recientes ya aparecen seis: Vohu Manah «buen pensamiento»; Asha «verdad»; Khshathra «poder»-, Armaiti «devoción»; Haurvatát «integridad» y Ameretát «inmortalidad», a las que se añade el propio Ahura Mazda. En los textos zoroástricos del siglo IX d.C., cada amesha spenta es la personificación de un elemento natural: de los bueyes, del fuego, del metal, de la tierra, de las aguas y de las plantas, respectivamente.

El mundo de los demonios está dominado por Angra Mainyu «espíritu maligno» (en los textos del siglo IX d.C. aparece con el nombre de Ahreman, del que deriva rimán). También es un creador, como Ahura Mazda, pero su creación es negativa, es una contracreación paralela, pero de signo contrario a la del sumo dios. Su «no vida» es una imposibilidad de vivir: de ahí que en los textos del siglo IX d.C. se afirme que, mientras que Ohrmazd «es», Ahreman «no es», puesto que no es capaz de hacer que su creación ideal (menóg) tenga existencia real en la vida concreta (getig).

Sus características son además el conocimiento del futuro (de los efectos, no de las causas), la ignorancia básica, la envidia, el ansia de sangre, la concupiscencia y la mentira. Está al frente de una corte de demonios opuestos simétricamente a las entidades benéficas creadas por Ohrmazd. Habita en las tinieblas, en los abismos, en el norte. Es fuente de muerte, de corrupción y de enfermedad, con las que ataca a la creación, penetrando desde el exterior e infectándola, hasta que, cumplido el tiempo limitado en el que están mezclados los dos espíritus, sea aniquilado definitivamente por la fuerza superior de Ohrmazd.

Según la visión zoroástrica del cosmos, la tierra está dividida en siete regiones. En medio de la región central (la única que está habitada por el hombre) se yergue la montaña cósmica que, según una simbología muy extendida, representa con su pico un típico axis mundi, que une la tierra y el cielo. En su cima descansa un extremo del puente de cinvat, por el que pasan las almas de los muertos para alcanzar el cielo.

El mundo fue creado por Ahura Mazda; no es, por tanto, malo en sí mismo, como defienden otras religiones dualistas como el gnosticismo o el maniqueísmo. El mal que en él aparece es obra, como hemos visto, de Angra Mainyu y del ataque desencadenado contra la creación positiva del dios sumo, infectándola y contaminándola. En otras palabras, el dualismo zoroástrico es un dualismo ontológico y metafísico, en el que no existe una oposición entre espíritu y materia, sino entre dos realidades espirituales, una positiva y otra negativa. Separadas en un principio, después del ataque del espíritu del mal se formó una «mezcla» entre ambas, que coincide con la historia misma del cosmos: el fin de esta mezcla y la derrota definitiva del mal son el objetivo de la escatología zoroástrica.

El mundo fue creado en seis fases sucesivas: el cielo, hecho de piedra y de cristal de roca, la tierra, las plantas, los animales y el hombre. Todo ser vivo comparte una doble existencia, menóg y gétíg, que se desarrolla en las tres fases de la separación inicial de la fase menóg, de la posterior mezcla de los dos espíritus en la fase gefíg y en la fase final de su separación, en la que el hombre en estado de pureza vivirá en su cuerpo definitivo.

Según el Bundahisn, la historia del universo abarca un período de doce mil años, dividido en cuatro períodos de treinta mil años cada uno. Los primeros treinta mil años son los de la creación ideal, en el estado menóg', viene a continuación la auténtica creación, su paso al estado getig; el tercer período es el de la mezcla como consecuencia del ataque de Angra Mainyu; los últimos treinta mil años son los de la lucha del hombre contra el mal.

Esta última edad, que comenzó, según la cronología tradicional, con la revelación de Zoroastro en el año 9000 de la creación, prosigue en tres etapas posteriores, de mil años de duración cada una, caracterizadas por la llegada de un salvador o saoshyant. Los tres salvadores son considerados por la tradición hijos de Zoroastro, nacidos de su semen depositado en las aguas de un lago en el que se bañarán tres mujeres vírgenes y quedarán encinta. El último salvador preparará la ambrosía y convertirá la existencia en inmortal e indestructible.

Según las creencias zoroástricas, todo hombre es un compuesto de diferentes elementos, como ahu «vida», baodhah «conocimiento», urvan «alma» y fravashi, la dimensión inmortal y preexistente. En el momento de su muerte, el paso a la otra vida va acompañado de oraciones de buen auspicio por parte de los familiares, que duran tres días. Al término, el alma inicia el viaje que la llevará a conocer su destino final, que depende de su recta actuación en esta vida. Un tema escatológico típico es «el puente de cinvat», que se ensancha cuando lo atraviesa un alma justa; en cambio, se estrecha como el filo de un cuchillo cuando lo hace un alma malvada, de modo que se precipita en el abismo donde le espera el castigo eterno.

Se cree que a veces va al encuentro del alma justa una hermosa joven, su dama, símbolo de las buenas obras realizadas en vida, que lo ayuda a atravesar el puente. Para juzgar al justo se reúne un tribunal divino compuesto por Mithra, Sraosha («obediencia») y Rashnu («juez»); una vez superado el juicio, podrá acceder al paraíso y a las «luces infinitas», tras haber subido a las esferas celestes de los «buenos pensamientos», de las «buenas palabras» y de las «buenas acciones», que corresponden a las estrellas, a la luna y al sol.

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