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El cristianismo medieval

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Mientras tanto el cristianismo había continuado difundiéndose desde el norte de Europa al norte de África, convirtiéndose en la religión de los nuevos reinos bárbaros y contribuyendo a la formación de una nueva civilización, llamada romano-bárbara, en la que fue un factor decisivo de transmisión cultural, sobre todo gracias a la labor de los monasterios. El monacato de la Alta Edad Media está muy influido por el modelo benedictino, que sigue la regla elaborada por Benito de Norcia en la primera mitad del siglo VI y muy difundida en Italia y en la Galia de los merovingios. Al mismo tiempo se introduce en la Galia el severo y riguroso monacato de origen irlandés —cuyo representante más ilustre, entre los siglos VI y VII, es Columbano—, que posteriormente influirá en las experiencias monásticas anglosajonas, capaces de aportar una gran vitalidad misionera al mundo germánico del siglo VIII. De este modo, monjes y monasterios contribuyen al proceso de construcción de la Europa de los francos y a la restauración cultural carolingia. Hacia el año 909 se funda la abadía de Cluny por obra del duque Guillermo I de Aquitania y del abad Bernon: el monacato cluniacense, dotado de una profunda espiritualidad que, a diferencia de la regla benedictina, da prioridad a la vida contemplativa y de oración, marcará el panorama monástico europeo hasta que, entre los siglos XI
y XII, se impongan formas monásticas de inspiración eremítica, que se proponen revivir exacta y rígidamente el monacato benedictino de los orígenes. Nacen así en Italia órdenes como los vallombrosanos y los camaldulenses, en Francia los cartujos, los cistercienses, los grandmontianos y los premonstratenses. En el siglo XII, gracias sobre todo a la acción de Bernardo de Claraval, se impone la orden cisterciense, que, junto a las otras formas benedictinas, no parece capaz de responder al desafío que proviene de las ciudades y de los dinámicos sectores urbanos protagonistas del renacimiento económico de la época; desafío al que harán frente, en cambio, las nuevas órdenes mendicantes.
Un cambio radical se produjo como consecuencia de la expansión islámica desde Egipto y Siria hasta España, tierras tradicionalmente cristianas donde el cristianismo desapareció completamente o en todo caso quedó reducido a un fenómeno de minorías. Un segundo hecho de gran trascendencia fue la difusión del cristianismo entre los eslavos. En el año 988 fue proclamado religión oficial en Kíev y con ello comenzaba su expansión milenaria en Rusia. Mientras tanto, Oriente y Occidente, tras una serie de complejos acontecimientos, se habían ido separando progresivamente, como consecuencia del propio proceso de constitución de cada una de las dos iglesias.
En Occidente, resultó decisiva la llamada reforma gregoriana, obra de Gregorio VII (1073-1085). En su lucha contra el imperio en defensa de la «libertad de la iglesia», el pontífice se propuso modelar un clero masivamente fiel a Roma; de ahí su lucha contra la simonía (la compraventa de cargos eclesiásticos) y también contra el matrimonio de los sacerdotes, que se practicaba en Oriente. Además, imprime al papado características que marcarán toda su historia posterior: se convierte en una institución de gobierno de tipo monárquico, que reivindica una superioridad teocrática sobre el poder temporal. Se impone así una eclesiología imposible de conciliar con la que caracteriza a la iglesia de Oriente. Además, las cruzadas, especialmente la cuarta, dirigida contra Constantinopla (1204), que será saqueada, acaban por crear un abismo que el Concilio de Lyón de 1274 intentará en vano superar.
Un movimiento de reforma, que tiende a instaurar, siguiendo el ejemplo de la iglesia primitiva, un modelo de vida apostólica basada en la mendicidad, en el reparto de bienes con los pobres y en la predicación itinerante del Evangelio recorre la iglesia occidental a lo largo del siglo XIII. Esto se traduce en la aparición, por un lado, de movimientos heréticos, que son duramente combatidos por el papado, y, por el otro, en el nacimiento de las órdenes religiosas mendicantes (franciscanos, dominicos, a los que se añaden después los carmelitas, servitas, etc.), que serán integradas, en cambio, en la vida institucional de la iglesia. Pero en el seno de la institución se mantienen las tensiones, que desembocan en el siglo siguiente en el gran cisma (1378-1414), que dará lugar a la coexistencia de dos y hasta tres papas, sin que sea posible determinar cuál es el legítimo.
En Oriente, la continuidad de la tradición cristiana, y especialmente de la relación con el estado iniciada por Constantino y teorizada por Eusebio de Cesárea, está garantizada, a diferencia de lo que ocurre en Occidente, por la continuidad del marco institucional, que se mantendrá con altibajos hasta 1453, fecha de la toma de Constantinopla por los turcos. Entre los siglos VIII y IX surgió y se consolidó en la iglesia y en la sociedad bizantina un movimiento contrario al culto de las imágenes, llamado iconoclasta, del griego eikonoklástes, «destructor de imágenes». Las raíces religiosas de la iconoclastía se encuentran en el cristianismo primitivo y en su ausencia de imágenes, ya sea como consecuencia de la prohibición bíblica de las imágenes (Éxodo, 20, 4) o de la lucha antiidolátrica contra el culto pagano de las imágenes divinas. El nacimiento, sobre todo a partir del siglo IV, de un arte cristiano con representaciones de Cristo coincidió con la difusión del culto a las reliquias, vinculado al inicio del culto a los santos: de este modo, las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos acabaron transformándose a menudo en objetos de culto por parte del pueblo, que se dirigía a ellas para conseguir efectos milagrosos.

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