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Mitos del norte de América

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Cuando los europeos empezaron   a   desembarcar masivamente en el continente americano, éste se hallaba poblado por numerosas tribus, pero sólo las de los aztecas (y los restos de sus precedentes mayas) y los incas podían exhibir carta de naturaleza como sendas civilizaciones desarrolladas. El resto, que sepamos, era una  mezcolanza  de  nómadas   cazadores   o   de agricultores cuyo estadio de evolución comprendía grados muy diversos, algunos de ellos muy próximos a la idea que tenemos de cómo debían vivir nuestros antepasados en la prehistoria. Los españoles (y posteriormente los portugueses, italianos y franceses) diezmaron y explotaron a los habitantes del centro y el sur del continente,   pero   no   es menos cierto que también se  mezclaron  con  ellos, intentaron    «elevarlos» mediante   la  instrucción social y religiosa y, con el tiempo,   dieron   lugar   a una nueva raza, la criolla, que se convertiría en artífice de la independencia  de  nuevas  naciones que,  en su génesis, fue azuzada por ideales hoy olvidados e incluso desconocidos  como  los  que inspiraron    a    Bolívar (cuyo sueño era la creación   de   unos   Estados Unidos   de   la  América Hispana).   Sin  embargo, este proceso no se dio en el norte  del  continente, ocupado por pueblos mucho más racistas, como el británico  o el holandés. Para ellos, los indios nunca dejaron de ser bestias que caminaban sobre dos piernas en lugar de sobre cuatro patas, y que habían sido puestas en el mundo por la gracia de un Dios blanco, gordezuelo y barbudo para que sirvieran de único y exclusivo beneficio a sus respectivos nacionales. Si los indios fueron expoliados en el centro y en el sur, en el norte fueron acosados y perseguidos como perros rabiosos hasta el exterminio de tribus enteras o, peor, hasta su reducción a una verdadera muerte en vida en reservas miserables donde aún hoy malviven muchos de ellos. Ni siquiera se les reconoció el derecho a la vida aunque fuera como esclavos —los ricos terratenientes del sur de Estados Unidos podían disponer de cientos de esclavos negros pero se negaban a tener indios, por considerarles inútiles para cualquier tipo de trabajo—. De esta forma, la raza autóctona de aquellas tierras fue humillada incluso por debajo de los últimos llegados al Nuevo Continente: los esclavos capturados en África. En la actualidad, se calcula que apenas queda un millón de personas de origen indio en Estados Unidos y, para colmo de males, su imagen pública ha sido maleada en uno u otro sentido hasta la saciedad. Si con los western cinematográficos los indios quedaron reducidos a una banda de salvajes pintarrajeados cuya actividad favorita consistía en atacar los círculos de carretas de los colonos y cortar las cabelleras de los federales del 7.° de Caballería (actividad esta última que, hay que recordar, introdujeron los norteamericanos de origen europeo), en plena fiebre por la moda étnica instalada a caballo entre los siglos XX y XXI mucha gente piensa que los indios eran poco menos que santos varones que vivían en una especie de Paraíso Terrenal practicando un misticismo pleno de hermosas frases hechas que podrían haber sido firmadas por el mismo Confucio. Es obvio que ambos extremos resultan igual de ridículos..., como todos los extremos.
El hecho de que los indios del norte no alcanzaran el nivel de sus parientes más al sur no quiere decir que fueran estúpidos ni que carecieran de sus propios mitos. Simplemente su cultura se encontraba aún en una fase embrionaria, muy por debajo de la que habían construido las que hemos visto en capítulos precedentes. Por lo demás, el ser mitológico más popular entre las numerosas tribus de Norteamérica, del cual hoy todavía se conservan ecos, es muy similar al de Centroamérica y Suramérica. Se trata de un dios único y primigenio a partir del cual surge toda la creación, una divinidad suprema conocida como el Gran Espíritu, el famoso Gitchi Manitú como le llamaban los algonquinos, o Wakan Tanka para los lakotas. Al igual que otros seres divinos de este tipo, éste tenía tantas cosas de las que ocuparse en el universo que en la leyenda norteamericana se dedica casi en exclusiva a crear otras figuras más definidas por debajo de él para que se encarguen del mantenimiento del mundo, como otros «clásicos» del mito: la Madre Tierra, el Padre Cielo, el Sol y la Luna.
Así, para los lakotas, Wakan Tanka se dividió a sí mismo para manifestarse en cuatro tipos diferentes de entidades: los dioses superiores, los asociados, los afines y los-que-se-parecen-a-los-dioses. Cada uno de estos grupos encarnaba un aspecto diferente de la misma divinidad. En el primer grupo figuran el Sol, el Cielo y la Tierra, por ejemplo. En el segundo encontramos a otros como la Luna, el Viento o el Pájaro Trueno. En el tercero, figuran curiosamente los Seres Humanos que según la leyenda son primos hermanos de los Osos, pero también otros seres como el Búfalo o los Cuatro Vientos. Y en el cuarto tenemos a extraños genios como Nagi (el fantasma de los muertos), Nagua (una especie de sombra, relacionada con el alma), Niya (la vida o el hálito vital) y Sicun (el poder espiritual).


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