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La creación según los incas

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La leyenda dice que los primeros antepasados de este pueblo surgieron del interior de tres cuevas ubicadas cerca de Cuzco, en un sitio conocido como Pacariquetambo, largo nombre que no significa otra cosa que Lugar de los Orígenes. Estos padres mitológicos del pueblo eran seis: tres hermanos y tres hermanas, y todos vestían mantos y camisas de lana fina y poseían vasijas de oro. Uno de ellos, Ayar Cachi, tenía la suficiente iniciativa personal como para decidir que el paisaje andino no era de su agrado y que, como disponía de la fuerza para ello, ¿por qué no utilizarla para remodelarlo a su gusto? Dicho y hecho, empezó a usar su honda para lanzar grandes piedras con las que reconstruir los alrededores. Los demás, celosos de semejante demostración de poderío, primero le recriminaron su actitud y luego maquinaron entre sí y le convencieron para que regresara a las cuevas a recoger una copa de oro y una llama sagrada, que se habían dejado en el interior. Ayar Cachi aceptó solícito y sin sospechar nada, mas en cuanto regresó al interior de las montañas, sus hermanos y hermanas sellaron la puerta. Siendo hombre de recursos, sin embargo, logró escapar y, ante la sorpresa de su familia, se apareció ante ellos con cara de pocos amigos. Les dijo que a partir de entonces se iría a vivir solo a la cima de una montaña sagrada, llamada Huanacauri. No tomó venganza pero sí los amonestó para que se comportaran correctamente y les dijo cómo deberían mostrar su condición regia a los humanos comunes, llevando pendientes de oro en señal de distinción regia y en calidad de primeros padres de la humanidad. Ayar Cachi se transformó más tarde en piedra.
El tercero de estos hermanos primordiales, que había adoptado el nombre de Manco Cápac, decidió fundar una ciudad en su honor, a la que llamó Cuzco. La construyó, según algunas versiones, con ayuda de un cayado de oro, y luego se casó con una de sus hermanas para fundar una dinastía real. De esta manera dio pie a una de las prerrogativas de los emperadores incas sobre el pueblo llano, que por cierto también existía en otras viejas culturas: la del matrimonio incestuoso. (Este asunto se presta a confusión. De la misma forma que la Iglesia sostiene como dogma de fe la virginidad sagrada de María por culpa de una mala traducción que sustituyó el concepto antiguo de doncella o muchacha por el puramente físico de virgen [¡cuando no todas las doncellas eran vírgenes; ni todas las vírgenes, doncellas!], este tipo de emparejamiento, en su origen, debe interpretarse más bien como entre hermanos de culto, no hermanos físicos. Los emperadores incas, como los egipcios o como tantos otros antes y después de ellos, no sólo eran reyes de este mundo sino también del otro: ostentaban la jefatura de su pueblo porque eran hombres reales y completos en contraposición a sus súbditos, que no pasaban de ser individuos ficticios por lo incompleto de su educación material y espiritual. Como Hijos del Sol que se autoproclamaban, debían casarse con alguien de su misma categoría para no enfangar su linaje. Los sucesivos ocupantes del trono fueron criados en distintas familias de una misma casta de nobles y sacerdotes que emparentaban entre sí para mantener esa línea de sangre de los elegidos por los dioses para conducir la nación. Las grandes monarquías de todo el mundo en la época antigua actuaban de esta forma y de ahí la importancia de que los cónyuges para la realeza fueran escogidos de entre la propia realeza. Se trataba de guardar una línea determinada que no debía mezclarse con ninguna otra, no ya porque fuera más baja social o económicamente sino porque era diferente. La idea base era que el vino sólo debe mezclarse con el vino y no con el agua. Según esta tesis, la bastardía y la decadencia de todas las casas reales del mundo se consumó en los últimos siglos a medida que príncipes y reyes escogieron casarse con plebeyos y las diferentes castas reales fueron desvirtuándose. Algo de eso parece haber en la conocida historia de la búsqueda del Santo Grial, la Sang Raal o «Sangre Real» que desapareció... Hoy día sólo nos queda la tradición de que los príncipes deben casarse con las princesas, pero no se sabe muy bien por qué. El problema, que alimenta un debate interesante gracias a que el sistema político de moda en el mundo es la democracia, es que si el rey o la reina pueden casarse con un súbdito cualquiera e incluso vivir como ellos dentro de cierta medida,
¿qué les hace ser diferentes de cualquiera y por tanto merecedores a su dignidad? ¿Por qué el rey es otro..., y no yo, por ejemplo?)
Otra versión interesante del comienzo del mundo, que tiene conexiones con algunas que ya hemos examinado a lo largo de este volumen y que de alguna forma completa la que acabamos de exponer, nos traslada al sureste de Cuzco, a las cercanías del misterioso lago Titicaca. Allí, el gran dios Viracocha esculpió la piedra para crear a partir de ella una raza de gigantes que poblaron la tierra. Sin embargo, los colosos se vieron tan fuertes que se rebelaron frente a su creador. En castigo, un airado Viracocha les devolvió a su materia prima original. Les retransformó en piedra en lugares como Tiahuanaco o directamente los ahogó con un gran Diluvio. De todos ellos, sólo permitió que sobrevivieran un hombre y una mujer, pareja que fue trasladada a su propia y divina morada gracias a su magia. Ya sabemos que los dioses son muy tercos y que cuando tienen una idea fija no la abandonan con facilidad, así que no nos puede extrañar que Viracocha repitiera el experimento e intentara crear una nueva raza de seres humanos. Sin embargo, para hacerles más maleables, esta vez utilizó barro en lugar de piedra y los construyó más pequeños. A continuación decidió separarlos en varios pueblos y pintó cada grupo con colores distintos, aparte de darles costumbres, lenguas, semillas y canciones diferentes entre sí. Y luego ordenó al Sol, la Luna y las Estrellas que dejaran de holgazanear en la llamada Isla del Sol, en el Titicaca, y empezaran a brillar en el cielo. Cuando los cuerpos celestes adquirieron sus nuevas ubicaciones, Viracocha se dirigió al líder de los nuevos humanos, Manco Cápac, y le profetizó que los suyos serían señores y conquistadores de muchas naciones. Por ello le regaló un tocado y un hacha de guerra, distintivo y arma de la realeza. A partir de entonces, estos hombres se extendieron por el mundo.
Una leyenda curiosa que habla de la época previa a la existencia del Sol parece hacer referencia también a la primera raza de gigantes. Se refiere a «hombres poderosos» que poblaban el mundo y con los que en principio simpatizaba una de las divinidades creadoras que deambulaban por allí sin muchas cosas que hacer. Ella les ofreció acrecentar su poder, pero los hombres primitivos lo rechazaron, orgullosos y confiados en sí mismos. Ultrajada, la deidad los castigó creando el Sol: de inmediato, quedaron ciegos y sus cuerpos se secaron pero sin llegar a morir. Se ocultaron bajo la superficie de la tierra y se cuenta que a veces, cuando cae el crepúsculo y en el cielo hay luna nueva, se arrastran fuera de sus escondites para recorrer en la oscuridad las tierras que un día fueron suyas... La misma leyenda asegura que, después de lo ocurrido, los espíritus de las montañas o Apus decidieron sustituir a los antiguos habitantes primitivos por humanos nuevos y para ello crearon un hombre y una mujer: Inkari y Collari. El primero de ellos recibió una palanca mágica de oro que le permitiría fundar una ciudad siempre y cuando siguiera un ritual preciso que incluía el hecho de que la palanca cayera derecha, formando un ángulo recto sobre el suelo, después de ser lanzada. El desganado Inkari la lanzó y, la primera vez, ni siquiera consiguió penetrar la tierra y rebotó. La segunda vez sí se clavó, pero no como exigían las instrucciones. Pensando que sería el mejor tiro que podría conseguir, fundó allí mismo la ciudad de Quero, cerca del lugar donde en el futuro se alzaría Cuzco. Encolerizados por la estupidez de Inkari, los Apus pidieron poder temporal a un grupo de hombres primitivos para que pudieran salir en pleno día de sus refugios bajo tierra y le lapidaran. Inkari escapó por los pelos y se refugió durante un tiempo en la región del Titicaca. Después de mucho reflexionar, maduró, reconoció sus errores y regresó dispuesto a enmendarlos. Tomó la palanca mágica y la lanzó por tercera vez. En esta ocasión, cayó de forma correcta, y sin pensárselo dos veces fundó Cuzco. Feliz por lo ocurrido, se quedó allí con los suyos y envió a su hijo mayor a Quero para que esta ciudad no se quedara sin poblar. Concluida su labor básica como fundadores, Inkari y Collari se dedicaron a viajar como educadores, a fin de enseñar a las gentes cuanto habían aprendido: desde la mejor forma de sembrar y cosechar hasta cómo construir una casa, ¡incluyendo la necesidad de la piedad religiosa! Nadie los vio morir; simplemente, un día se internaron en la selva y ya no volvieron. Sus descendientes se convirtieron, según esta leyenda, en los incas.


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