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La leyenda de los cinco Soles

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Huitzilopochtli fue el gran dios nacional de los aztecas, pero no el único que ellos veneraron. Ni siquiera el primero. Remontándonos al comienzo de los tiempos, según su epopeya de la creación, en el principio sólo existía un Dios (a vueltas con el monoteísmo...), cuyo nombre era Ometeotl. Esta divinidad vivía en el más alto de los paraísos concebibles para el ser humano: en Omeyocán, el Lugar de la Dualidad. Su poder era tan grande que se había creado a sí mismo y era tan viejo que se le representaba como a un anciano de mandíbula colgante. (Es interesante reseñar que para muchos pueblos mesoamericanos la vejez no se considera símbolo de debilidad sino más bien de lo contrario, ya que suponen que, con los años, los ancianos adquieren más sustancia vital gracias a su experiencia.) En todo caso, este viejo dios quiso, en un momento dado y por razones sólo conocidas por él, construir el universo. Para ello empezó creando la dualidad. A fin de dar ejemplo, él mismo se dividió en dos: su aspecto masculino adquirió el nombre de Tonacatecuhtli y el femenino se llamó Tonacacihuatl: es decir, el Señor y la Señora de Nuestro Sustento. Los hijos de esta pareja primordial fueron cuatro: los llamados Tezcatlipocas. El primero en nacer fue el Tezcatlipoca Rojo, Xipe Totee, que apareció en el Este. El segundo fue el Tezcatlipoca Negro, Señor del Cielo Nocturno, el más importante de tocios ellos, que nació en el Norte. Siguiendo en la dirección contraria al sentido del reloj, en el Oeste viene al mundo el tercer hermano, el más popular entre los occidentales: el Tezcatlipoca Blanco, por mejor nombre Quetzalcóatl. Y el último, en el Sur, es el Tezcatlipoca Azul, que reconoceremos más tarde encarnado como nuestro viejo amigo Huitzilopochtli (y que parece destinado a figurar siempre en última posición). Juntos, los cuatro hermanos crearon el fuego, el cielo, la tierra, el mar y el inframundo, la primera pareja humana y el calendario sagrado. A ellos se añadiría, posteriormente, Tlaloc, dios de la lluvia, y por ello emparejado con la diosa de la fertilidad Chalchiuhtlicue.
En definitiva, cinco grandes dioses para responder a la partición del mundo según el punto de vista de la cosmología mesoamericana que divide el universo en cinco partes: cuatro puntos cardinales y el centro. Sin embargo, las dos principales deidades que intervinieron en la creación fueron dos: Quetzalcóatl y el Tezcatlipoca Negro. El primero está asociado con la vida y la prosperidad, es un héroe civilizador y armonioso. El segundo representa el conflicto y el cambio; entre sus apodos figuran algunos tan elocuentes como «el Adversario» y «Aquel del que somos esclavos» y se le representaba a menudo con un espejo de obsidiana en la parte posterior de su cabeza y otro reemplazando a uno de sus pies; por esta causa, se le llamaba también Espejo Humeante. Los enfrentamientos, la lucha cósmica entre ambos, provocan la creación y destrucción de cinco Soles o eras mundiales sucesivas, cada uno de los cuales es identificado por el tipo de cataclismo que lo destruyó.
Así, el primer Sol fue regido por Tezcatlipoca y, debido al sistema de Calendarios, recibió el nombre de Cuatro-Jaguar. Su elemento característico era la tierra y duró 676 años, durante los cuales el mundo estuvo poblado por una raza de gigantes tan fuertes que arrancaban árboles con sus manos desnudas para utilizar los troncos como bastones. Quetzalcóatl puso fin a este primer ciclo cósmico al arrojar a Tezcatlipoca a las profundidades del mar. Entonces la tierra fue invadida y consumida por jaguares, animales sagrados del mito mesoamericano, y el propio Quetzalcóatl dio el visto bueno al comienzo del segundo Sol, cuya regencia asumió en persona. Éste se llamó Cuatro-Viento porque su elemento característico fue precisamente el viento. Dicha era terminó cuando Tezcatlipoca recuperó las fuerzas suficientes como para organizar su venganza y destronar a su hermano que, junto con todo su pueblo, fue arrastrado lejos de México por un gran huracán. Como dios poderoso que era, Quetzalcóatl se recuperaría y reaparecería más tarde, pero los descendientes de los que le apoyaron aún pueden verse, transformados en monos, balanceándose y correteando de árbol en árbol en la selva (de nuevo el concepto de hombre convertido en mono, y no al revés). Otro dios, Tlaloc, asume en ese momento el control del tercer Sol, llamado Cuatro-Lluvia y caracterizado por el elemento fuego. Finalizó cuando un recuperado Quetzalcóatl decidió enviar una lluvia terrible de fuego (el mito quizá simboliza aquí un cataclismo de índole volcánica, incidente geológico que no es raro en la región central de México) que asfixió la tierra. A continuación llegó el cuarto Sol, llamado Cuatro-Agua, e identificado con la diosa Chalchiuhtlicue; un mundo que también tocó a su fin cuando quedó sumergido por un horroroso diluvio que arrastró incluso a las montañas bajo el agua y transformó a las personas en peces. Pero Tezcatlipoca decide salvar a un hombre y una mujer para no tener que volver a crear una especie tan complicada como la humana: los equivalentes americanos de Noé y su mujer fueron Tata y Nene, que escapan refugiándose en el tronco hueco de un árbol. El dios que los había salvado les advirtió que durante el tiempo que durara el diluvio sólo podrían comer una espiga de maíz cada uno, así que ellos mordisqueaban lentamente grano a grano mientras el tronco flotaba sobre el océano gigante en que se había convertido todo cuanto conocían. Cuando por fin las aguas vuelven a su cauce y pueden abandonar su improvisada embarcación sin peligro, Tata y Nene pescan un pez (en realidad, un hombre transformado en pez) y, hambrientos, preparan un fuego para cocinarlo y comérselo. Entonces, los dioses se percatan de que allí abajo, en la tierra, donde no debía quedar alma humana viviente, hay humo y se preguntan quién ha encendido un fuego si se supone que todos los seres humanos han perecido ahogados. El propio Tezcatlipoca se ofrece a «investigar» esta rareza y desciende furioso ante la torpeza cometida por la pareja que había salvado. En castigo, les corta la cabeza y los obliga a caminar a cuatro patas: así crea a los primeros perros.
Tras el diluvio, llega el quinto Sol, el que hoy todavía habitamos. Una leyenda muy extendida cuenta que Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, hartos de luchar entre sí, deciden abandonar sus rencillas y participar juntos en la creación del nuevo mundo, con vistas a garantizar una mayor duración y prosperidad al mismo. Establecida su alianza, buscan el apoyo del resto de sus hermanos e incluso de otras divinidades. En total, son ocho los dioses que participan en este gran proyecto y que al final dividen el mundo en cuatro partes siguiendo las direcciones de los puntos cardinales. Después, construyen cuatro caminos que conducen al centro de la tierra desde el cual, todos a una, despegan el cielo y lo levantan hasta lo más alto. A fin de sujetarlo ahí y que no se vuelva a caer, los dos grandes rivales se transforman en sendos árboles de un tamaño gigantesco: el de Tezcatlipoca se reconoce por sus brillantes espejos, y el de Quetzalcóatl, por sus plumas esmeralda como las del ave quetzal. Satisfecho por la reconciliación que da paso a la vida, y a fin de recompensarles por sus esfuerzos, el padre de ambos, Tonacatecuhtli, les otorga el dominio de los cielos y las estrellas y construye incluso un camino para que lo recorran a gusto: lo que nosotros conocemos como la Vía Láctea.
Otra leyenda, sin embargo, asegura que el mundo se creó a partir del desmembramiento de Tlaltecuhtli, Señor de la Tierra, un monstruo descrito como un caimán enorme y erizado de púas, las cuales forman las cadenas montañosas del mundo. Es tan feroz que no sólo posee fauces en la cara, sino también en sus hombros, rodillas y otras articulaciones, y todas están llenas de dientes afilados. Según esta versión, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl deciden que la creación no puede ser considerada como un éxito mientras exista una bestia tan horrible. Así que se transforman en sendas serpientes; uno de ellos agarra la pata delantera izquierda y la trasera derecha de Tlaltecuhtli y el otro atrapa las otras dos. Entre ambos despedazan así al monstruo de tal forma que la parte superior del cuerpo se transforma en la tierra mientras la otra mitad sale despedida al espacio y pasa a convertirse en el cielo. Semejante descuartizamiento no agrada al resto de los dioses, que montan en cólera al enterarse de lo ocurrido, y ordenan un último homenaje en memoria de la víctima: todas las plantas necesarias para la vida humana nacerán de su cadáver. De sus cabellos surgen los árboles, las flores y las hierbas; de su piel, los pastos y las flores más diminutas. En sus ojos nacen los pozos, los manantiales y las cuevas pequeñas y, en su boca, los grandes ríos y las cavernas. Su nariz da origen a las cadenas montañosas y los valles.


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