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El período en que los seres humanos completaron su evolución biológica es uno de los más largos y más formativos de su historia. En muchos aspectos fue una época de miedo y apremios. Aquellos hombres primitivos todavía no habían desarrollado la agricultura. No podían cultivar su propio alimento, sino que dependían por completo de la caza y la recolección. La mitología era tan esencial para su supervivencia como las armas y las técnicas de caza que inventaron para matar a sus presas y lograr cierto control sobre su entorno. Al igual que los neandertales, los hombres y las mujeres del Paleolítico no podían registrar sus mitos por escrito; pero esas historias, cruciales para que los seres humanos se entendieran a sí mismos y entendieran las penurias que soportaban, sobrevivieron de forma fragmentaria en las mitologías de culturas posteriores, más evolucionadas. También podemos obtener información sobre la experiencia y las preocupaciones de aquellos hombres primitivos estudiando a pueblos indígenas como los pigmeos o los aborígenes australianos, quienes, al igual que los pueblos de la época paleolítica, viven en sociedades cazadoras y no han realizado ninguna revolución agrícola.
Es natural que esos pueblos indígenas piensen en términos de mitos y símbolos, porque, como nos explican los etnólogos y antropólogos, tienen plena conciencia de la dimensión espiritual de su vida cotidiana. La experiencia de lo que denominamos lo sagrado o lo divino se ha convertido, como mucho, en una realidad distante para los hombres y mujeres de las sociedades urbanas industrializadas, pero para los aborígenes australianos, por ejemplo, no sólo es obvio sino también más real que el mundo material. La «Época del Sueño» —que los australianos experimentan cuando duermen y también en momentos de trance— es eterna y «continua». Forma un telón de fondo estable para la vida de cada día, que está dominada por la muerte, los cambios constantes, la interminable sucesión de acontecimientos y el ciclo de las estaciones. La Época del Sueño está habitada por los Antepasados, poderosos seres arquetípicos que enseñaron a los humanos las técnicas esenciales para vivir, como la caza, la guerra, el sexo, el tejido y la cestería. De ahí que esas actividades no sean profanas, sino sagradas, y que pongan en contacto a los mortales con la Época del Sueño. Cuando un australiano sale a cazar, por ejemplo, su comportamiento imita con tanta exactitud el del Primer Cazador que se siente en plena armonía con él, inmerso en ese poderoso mundo arquetípico. Su vida sólo tiene significado cuando él experimenta esa unión mística con la Época del Sueño. Después se aleja de esa riqueza primaria y vuelve al mundo del tiempo, del cual teme que lo devore y reduzca a la nada cuanto él hace.
El mundo espiritual es una realidad tan inmediata y cautivadora que los pueblos aborígenes creen que en otro tiempo era más accesible para los seres humanos. En todas las culturas encontramos el mito de un paraíso perdido en el que los humanos vivían en contacto directo y diario con lo divino. Eran inmortales y vivían en armonía unos con otros, con los animales y la naturaleza. En el centro del mundo había un árbol, una montaña o un poste que unía la tierra y el cielo y al que las personas podían trepar fácilmente para alcanzar el reino de los dioses. Luego hubo una catástrofe: la montaña se derrumbó, o talaron el árbol, y se hizo más difícil alcanzar el cielo. La historia de la Edad de Oro, un mito muy temprano y casi universal, nunca pretendió ser histórica. Surge de una intensa experiencia de lo sagrado que es intrínseca a los seres humanos, y expresa su tentador sentido de una realidad casi tangible que está fuera de su alcance por muy poco. Casi todas las religiones y mitologías de las sociedades arcaicas están imbuidas de nostalgia por el paraíso perdido. Sin embargo, el mito no era simplemente un ejercicio de añoranza. Su propósito primordial consistía en mostrar a la gente cómo podía regresar a ese mundo arquetípico, no sólo en momentos de éxtasis e iluminación, sino también en el desempeño de sus responsabilidades cotidianas.
Actualmente separamos lo religioso de lo secular. Eso habría sido incomprensible para los cazadores paleolíticos, para quienes nada era profano. Todo cuanto veían o experimentaban tenía un claro equivalente en el mundo divino. Cualquier cosa, por modesta que fuera, podía encarnar lo sagrado. Todo cuanto hacían era un sacramento que los ponía en contacto con los dioses. Hasta los actos más corrientes eran ceremonias que permitían a los mortales participar en el mundo eterno de lo «continuo». Para los humanos modernos, un símbolo está esencialmente separado de la realidad invisible hacia la que dirige nuestra atención, pero la palabra griega symballein significa «reunir»: dos objetos dispares se vuelven inseparables, como la ginebra y la tónica en un cóctel. Cuando contemplabas un objeto terrenal, te encontrabas, por tanto, ante su equivalente celestial. Este sentido de participación en lo divino era esencial para la visión mítica del mundo: el propósito de los mitos era lograr que las personas fueran más plenamente conscientes de la dimensión espiritual que las rodeaba y que constituía un componente natural de la vida.
Las primeras mitologías enseñaban a ver, a través del mundo tangible, una realidad que parecía encarnar algo más. Pero eso no requería actos de fe, porque en esa etapa no había brecha alguna entre lo sagrado y lo profano. Cuando aquellos hombres primitivos miraban una piedra, no veían un mineral inerte y anodino. La piedra encarnaba fuerza, permanencia, solidez y un carácter absoluto muy diferente de las características de los vulnerables humanos. Y era precisamente ese contraste, esa disparidad, lo que la convertía en algo sagrado. En la antigüedad, una piedra era, sencillamente, una hierofanía, una manifestación de lo sagrado. Y un árbol, que tenía el poder de renovarse sin ningún esfuerzo, representaba y manifestaba una milagrosa vitalidad de la que no disponían las personas. Cuando observaban las fases de la luna, nuestros antepasados veían otro ejemplo de los poderes sagrados de la regeneración, una evidencia de una ley severa y piadosa, aterradora y consoladora al mismo tiempo. Los árboles, las piedras y los cuerpos celestes nunca eran objetos de culto en sí mismos, pero se los veneraba como revelaciones de una fuerza oculta cuyas portentosas obras podían verse en todos los fenómenos naturales, haciendo intuir a la gente otra realidad más poderosa.

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