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Los grandes papas del siglo XIX

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El gobierno de la Iglesia ha ido creciendo tanto en el curso de los siglos y ha dado lugar a la creación de un aparato administrativo tan imponente, que habría motivos para pensar que la personalidad de los papas individuales no desempeña ya el decisivo papel que le incumbía aún en los siglos XVI y XVII. La verdad es que la labor propiamente pastoral no se ejerce desde el centro, o sea, desde Roma, sino que en los distintos países corre a cargo de los obispos, los párrocos y las órdenes religiosas.

Pero así fue siempre. También es cierto que el gobierno central, la curia romana en todas sus ramas, ha desarrollado un procedimiento administrativo rigurosamente ordenado que no sufre la menor perturbación por un cambio de pontífice. Sin embargo, la historia de los últimos cien años nos demuestra bien a las claras que la personalidad del papa reinante sigue ejerciendo aún hoy una grandísima influencia sobre los destinos de la Iglesia.

La serie de papas decimonónicos empieza con Pío VII (1800-1823), el noble paciente que pilotó la nave de la Iglesia por entre las tormentas de la era napoleónica, hasta sacarla a aguas más tranquilas. Los dos pontífices siguientes, León XII (1823-1829) y Pío VIII (1829-1830), prosiguieron su obra, pero reinaron poco tiempo para dejar huellas profundas.

Gregorio XVI (1831-1846) pasaba, para muchos de sus contemporáneos, como desconocedor del mundo y reaccionario; lo primero porque procedía de la orden de los camaldulenses, y lo segundo porque se oponía con todas sus fuerzas a la creciente marea del liberalismo y políticamente se apoyaba en el sistema de la Santa Alianza. Hoy resulta difícil subscribir este desfavorable juicio.

El hecho de haber condenado formalmente una serie de ideas liberales que empezaban incluso a penetrar en la teología, sólo puede merecerle elogios. Es verdad que como gobernante del pequeño Estado Pontificio se veía impotente frente a la creciente fermentación política, pero en el gobierno de la Iglesia demostró poseer una gran clarividencia. Su nombre está vinculado, entre otras cosas, al incipiente desarrollo de la Iglesia en América y al nacimiento de la moderna obra de las misiones.

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