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El concordato de Worms

 

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De acuerdo con la tradición, la elección se hizo en el lugar donde había muerto el papa, o sea esta vez en el monasterio de Cluny. Pero no salió elegido un monje, sino el arzobispo de Vienne, un político de amplios horizontes, miembro de un linaje principesco, Calixto II. Este consiguió finalmente, tras largas negociaciones con Enrique V, concluir aquel tratado que se ha hecho famoso en la historia con el nombre de «Concordato de Worms». El emperador empezó prometiendo reparar en lo posible todos los daños patrimoniales que «desde el principio de esta disputa» hubieran sido inferidos a la Santa Sede por su padre o por él mismo. Para lo sucesivo prometía renunciar a la investidura y a permitir en todas las iglesias pertenecientes al Imperio la celebración de elecciones libres y canónicas para designar obispos y abades. Por su parte, el papa admitía que, dentro del territorio de la corona alemana, el rey pudiera asistir a las elecciones y, en caso de elección dudosa, se le concedía la decisión junto con el metropolitano de la provincia eclesiástica. Una vez efectuada la elección canónica, podía, en todos los territorios del Imperio, proceder a investir al electo con las regalías y las obligaciones a ellas anejas.


De este modo se puso fin a la lucha de las investiduras, a «la lucha» como por antonomasia se la llamaba en aquellos tiempos. ¿Cómo vamos a juzgar esta solución? ¿Fue mucho lo que ganó el papa, fue realmente el Concordato de Worms una victoria de la Iglesia? Durante decenios los papas tuvieron que soportar los mayores desafueros, declarar guerras, dictar excomuniones, todo para obtener que el rey alemán prometiera no investir a los obispos con las regalías hasta después de su elección, en lugar de hacerlo antes; y no hablemos de las posibilidades que le quedaban de influir en la elección según sus conveniencias. ¿No fue la guerra de las investiduras uno de tantos conflictos entre la Iglesia y el Estado, en la que al final la Iglesia tiene que darse por contenta con salir lo menos mal librada posible?

 

Por de pronto, sería ya una inexactitud designar la lucha de las investiduras como un conflicto entre la Iglesia y el Estado. Concebir la Iglesia y el Estado como dos sociedades independientes, aunque en parte imbricadas la una con la otra, es un modo de pensar que no cuadra a la Edad Media. En la Edad Media había príncipes, no estados. La Iglesia necesitaba los príncipes, se apoyaba en ellos, les demostraba gratitud y les concedía privilegios. No podía tener el menor interés en humillar a los príncipes o en arrebatarles el mayor número posible de derechos. Lo que quería la Iglesia en el medievo, y lo que no cesó de reclamar después, es el derecho de atender libremente a las almas.

 

Siempre que los príncipes veían en los obispos unos pastores, y no unos vasallos, su colaboración era bien venida para la Iglesia. Después de todo, los príncipes eran miembros de ella. A su modo, también ellos eran responsables de la salvación espiritual de sus súbditos. El programa de los cluniacenses había consistido, desde un principio, no en derribar o debilitar a los señores temporales, ni en hacer del mundo entero un estado eclesiástico, sino recordar a los príncipes los deberes religiosos que tenían con respecto a las almas de sus dependientes.

 

Verdad es que uno de los primeros requisitos para cumplir con estos deberes, era no mantener a la Iglesia en un estado tal de sumisión que le imposibilitara el ejercicio de su ministerio pastoral. Esto es lo que se consiguió, no precisamente con componendas y tratados, sino gracias a que la idea había hecho presa en toda la cristiandad. En este sentido puede decirse que la guerra de las investiduras terminó con una victoria de la Iglesia, e incluso con una victoria esplendorosa, siempre que no se considere esencial a una victoria el hacer doblar la rodilla al enemigo. El símbolo de esta victoria no es Canosa, que no fue sino un episodio insig­nificante, sino el concordato de Worms.


En cierto sentido, la guerra de las investiduras significa el fin de la Edad Media bárbara. Príncipes y pueblos habían aprendido que por el camino del derecho se llega más lejos que por el de la fuerza bruta. No es que empezara entonces un estado de cosas ideal. No ha habido ninguno aún en toda la historia de la humanidad. Pero con el siglo XII empezó aquella singular comunidad de cultura de los pueblos cristianos, profundamente impregnada de espíritu eclesiástico, que aún hoy nos parece indisolublemente unida con la idea de la Edad Media, aquella Edad Media que tantas obras inmortales creó en la Iglesia y en el siglo.



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